El eclipse del pasado 12 de agosto dejó muchas imágenes, pero también despertó viejas historias.
En 1912, un niño de unos doce años contempló un eclipse de sol. Había nacido en 1900 y aquella imagen debió de quedar bien guardada en su memoria.
Muchos años después, siendo ya abuelo, se lo contó a uno de sus nietos, que entonces tenía aproximadamente la misma edad. Le habló de lo que había visto y de cómo se había vivido aquel extraño momento en el que, en pleno día, el cielo parecía oscurecerse.
Pasaron los años. El abuelo desapareció, pero aquella conversación permaneció viva en la memoria del nieto.
El pasado 12 de agosto, más de un siglo después, aquel nieto volvió a contemplar un eclipse. Las circunstancias eran muy distintas: gafas especiales, teléfonos móviles, fotografías y explicaciones científicas al alcance de cualquiera. Pero el cielo seguía siendo el mismo.
Y quiso la casualidad que también él estuviera a punto de convertirse en abuelo.
Alejandro nacerá próximamente. Por unas pocas semanas no llegó a tiempo de contemplar el eclipse. Mientras tantos miraban al cielo, él esperaba todavía el momento de abrir los ojos por primera vez.
Quizá dentro de algunos años escuche esta historia. Y sabrá entonces que su tatarabuelo, siendo niño, contempló el eclipse de 1912; que muchos años después se lo contó a su nieto y que este, a punto ya de convertirse en abuelo, contempló el de 2026 pensando en él.
Ciento catorce años separan aquellos dos eclipses. Entre uno y otro han cabido varias generaciones, muchas ausencias, nuevas vidas y algún recuerdo que se negó a desaparecer.
El eclipse de 2026 también pasará a ser un recuerdo. Pero quizá tenga algo que no tuvo el de 1912: esta vez, mientras el cielo se oscurecía por unos instantes, había un niño a punto de llegar al mundo y una familia esperando conocerlo.
Algún día Alejandro sabrá que, incluso antes de nacer, ya formaba parte de una vieja historia familiar.
Y entonces volverán a encontrarse, una vez más, el eclipse y el nieto.
Pedro J. Soto Santos











