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Educación, por Pepe Alfaro

Desde 1970, España ha sufrido (insisto; “sufrido”) muchas Leyes de Educación. Nada más y nada menos que seis Leyes educativas se han aprobado entre 1980 y 2013. A saber: La  LOECE, 1980; La LODE, 1985; La LOGSE, 1990; La LOPEG, 1995; La LOCE, 2002; La LOE, 200 y La LOMCE, 2013.

Es de suponer que “Sus Señorías”, representantes electos en el Congreso de los Diputados, tenían como objetivo mejorar la Educación. Quienes hemos conocido (y “sufrido”) como docentes la mayoría de las citadas Leyes hemos comprobado que tanto cambio no ha servido para nada. Y si ha habido cambios, por ejemplo en el sentido de dotar al alumnado de más habilidades sobre los clásicos conocimientos memorísticos, o de primar los aspectos educativos de las personas, ha sido porque buena parte del Profesorado se ha implicado en el tema.

Pero, claro, cada Ministro de Educación tiene que “fabricar” su propia Ley, para que su firma conste en la Historia de la Educación. Lo importante es no ponerse de acuerdo con la oposición. Porque la oposición es, por decreto de los partidos políticos, el enemigo al que hay que odiar. Y el que manda tiene derecho a hacer lo que le venga en gana, pues buscar un consenso con la oposición es claro signo de debilidad.

Esto bien podía ser una opinión personal; pero visto lo visto en el hemiciclo de la Calle san Jerónimo, con motivo de la Investidura, donde nuevas Señoría, salidas de la enésima elección, han actuado a la manera de los ultras en un estadio de fútbol, se certifica la inutilidad más absoluta de las seis Leyes de Educación. Porque si quienes hacen las Leyes educativas con el objetivo (se supone) de mejorar la Educación, son unos maleducados, apaga y vámonos.

En fin, no es que me quiera poner moralista, porque parece ser que, hoy, recurrir a la Moral o a la Ética, que deberían ser las bases de toda Educación, es cosa de pusilánimes trasnochados. Sin duda, la manifiesta MALA EDUCACIÓN de nuestros “Padres de la Patria” corrobora lo dicho. Sería difícil encontrar un grupo social abierto con tan alto porcentaje de maleducados. Claro que a ello se contribuye desde las redes sociales, alentando los usuarios a las maleducadas Señorías a que den más caña, a que insulten un poquito más, si es posible, y a que pongan toda clase de clichés a quienes no comulgan con su ideología, que, por supuesto, es la única justa y verdadera. Y, por supuestísimo, sin olvidar que lo más importante es llevar hasta el límite aquel lema vital “El insulto como argumento y la violencia verbal como razón”.

Se pervierten los valores de tal manera que al “tránsfuga” (siempre que no sea de “los nuestros”, claro) se le jalea y se califica su actuación con todos los derivados de la palabra “Dignidad”. Utilizando un oxímoron, para que quede más suave, se le llama “digna traición”.

De modo que, en estos momentos, uno no puede por menos de acordarse de esa enorme persona que fue José Antonio Labordeta, que, hastiado de la mofa de la que hacían gala algunas Señorías, las mandó al lugar del que nunca salen ni quieren salir: “a la mierda”.