Cada verano, los concursos de carteles anuncian mucho más que unas fiestas patronales. Son la imagen con la que los pueblos se presentan a sí mismos: condensan su identidad, su ambiente y la forma en la que quieren ser recordados durante sus días más emblemáticos.
Por eso, lo ocurrido este año en Tudela no es una simple anécdota local. Lo que comenzó como la presentación festiva de un cartel terminó convertido en una polémica que va mucho más allá de lo artístico. Bastó su difusión en redes sociales para que muchos reconociéramos esa extraña imperfección y esa estética vacía que la inteligencia artificial deja como huella. No hace falta ser una eminencia, solo haber visto un poco de lo que es capaz de hacer la IA generativa, para rastrearla.
Sin embargo, la orgullosa autora del cartel defendió el uso de herramientas convencionales con un discurso, que la dejaba aún más en evidencia que el propio cartel, y el jurado eludió su obligación de velar por el cumplimiento de las bases pidiendo una declaración jurada de quienes participaron en el concurso.
El asunto podría parecer anecdótico, incluso trivial. Un simple cartel. Un concurso local. Un engaño menor. Pero quizá sea justo lo contrario: un síntoma. Lo verdaderamente importante no es presentar una obra generada, total o parcialmente, por una máquina. Lo verdaderamente preocupante es la naturalidad con la que se ha resuelto esta impostura. La ligereza moral que desdibuja la frontera entre crear y apropiarse, aprender y simular, el mérito y el atajo.
Esta situación no es aislada, se está denunciando continuamente: en los discursos de los políticos, en las tesis doctorales, en los institutos… Trabajos redactados con ChatGPT, comentarios literarios copiados, exposiciones generadas sin haberse leído una sola página de un libro, móviles fotografiando exámenes, apropiación de documentos… Y lo más inquietante: jóvenes, representantes municipales, empresas que ya no sienten temor a que se sepa la verdad ni vergüenza por que se descubra, porque, en cierto sentido, han dejado de percibir que haya algo incorrecto en ello. Como si el fraude fuese, simplemente, una estrategia más dentro de la carrera académica, de los certámenes o de la oratoria.
Hace unos años copiar era una transgresión. Sin embargo, hoy empieza a percibirse como una habilidad práctica. El problema no solo es tecnológico. Es cultural.
Vivimos en una sociedad que olvida los procesos para disfrutar de los resultados. Estamos en la era de la inmediatez: importa la nota, no el aprendizaje; importa el premio, no el esfuerzo; importa la apariencia, no la realidad. Y, en esa lógica, cualquier herramienta sirve, incluso la trampa. Incluso el entorno familiar alimenta, en muchas ocasiones, esta deriva cegada por el éxito de sus seres queridos. Se discuten, incluso, sanciones por plagio como quien recurre una multa injusta. Se cuestiona a quien detecta la copia, no a quien la lleva a cabo. Se protesta contra medidas disciplinarias destinadas, precisamente, a defender algo tan básico como la honestidad académica.
Y no, el problema no es la inteligencia artificial. La IA es una herramienta poderosa, fascinante y seguramente inevitable. El problema aparece cuando dejamos de enseñar el valor de la autoría, de la creación personal, del pensamiento propio. Cuando el esfuerzo se convierte en un obstáculo y no en el camino hacia el conocimiento. Como docente, siempre lo digo: escribir mal un texto propio vale infinitamente más que entregar uno brillante que no nos pertenece. Equivocarse y corregir forma parte esencial del aprendizaje. Nadie nace aprendido.
Tal vez el cartel retirado no sea más que eso: un cartel. Pero cuando empezamos a subestimar el valor de la autoría, el esfuerzo y la honestidad ya no hablamos de arte.
Hablamos de cultura.











