Cuando a Enrique Castel-Ruiz le comunicaron que iba a ser homenajeado como Abuelo de Tudela, su primera reacción fue de incredulidad. No acababa de entender por qué la peña se había fijado en él. “Me parecía una cosa como de broma. Dije, ¿qué mérito tengo para venir aquí?”, recuerda todavía sorprendido antes de asumir un reconocimiento que también tiene mucho de cariño hacia una persona que ha dedicado su vida al campo, que guarda en la memoria la Tudela que giraba en torno a la Plaza Vieja y el mercado, y que sigue emocionándose al recordar a su madre.
Persona sencilla y directa, Enrique está casado con María Ángeles Solana con quien ha tenido tres hijos, Quique, Jaime y Ana, y tiene seis nietos, Paula, Iñigo, Javier, Martina, Quique y Alma. Habla de su vida como quien asume haber hecho lo que tocaba hacer, una vida entera ligada al campo y a la familia, y con algunos ratos para disfrutar de la vida. “Soy un agricultor mayor de edad que ha estado toda su vida en el campo”, recuerda antes de volver a dedicar unas palabras de agradecimiento. “A la peña no sé ni qué decirle. No tengo palabras. Me sale hasta la sonrisa, lo digo de corazón”.
Una vida sembrada en la tierra
Desde niño, su vida ha estado marcada por la tierra, el agua, el sol y el trabajo diario. Comenzó de la mano de su madre, Sebastiana, en una familia en la que el campo era mucho más que un oficio, era la manera de salir adelante. “Lo que he hecho ha sido trabajar en la agricultura siempre, de la mano de mi madre”, explica. Como hermano mayor le tocó asumir pronto responsabilidades y todavía hoy sigue ligado a la agricultura. Para él, no es solo un medio de vida, sino una forma de entenderla. Quizá por eso, cuando habla de las fiestas, también aparecen las faenas, los horarios y las obligaciones del campo. “Me tiraba más la tierra, el agua y el sol que ir a los encierros”, recuerda.
Santa Ana y los toros
Aunque muchas fiestas las ha vivido trabajando, Enrique guarda muchos recuerdos de las fiestas de Santa Ana. Sobre todo de los toros y de la procesión. “Los toros los llevo dentro”, afirma. Su afición nació de niño, cuando su padre le llevaba a la plaza. Con el tiempo, esa pasión le ha llevado a recorrer plazas de toda España.
También era sagrada la procesión de Santa Ana, donde afloran los recuerdos de su madre. “A la procesión de Santa Ana, con mi madre, iba siempre. En traje y con la vela”. Recuerda la albahaca, la solemnidad de aquellos años y de una forma de vivir la fiesta en la que la devoción, la familia y la tradición caminaban juntas.
Los nietos, el futuro de Tudela
Enrique tiene seis nietos. Habla de ellos con orgullo. Una de sus nietas se marcha estos días a Estados Unidos, comenta. “La vida también es otro mundo ya”, dice con el asombro de quien ha conocido una Tudela con calles de tierra y mercado de madrugada, y que ahora contempla cómo nuestros jóvenes viajan, estudian y construyen su vida lejos, en escenarios que antes parecían imposibles y a los que aconseja, “que disfruten de unas buenas fiestas y que disfruten de la vida”.












