Inicio Opinión La energía que nos consume la vida, por Mugarik Gabe Nafarroa

La energía que nos consume la vida, por Mugarik Gabe Nafarroa

La transición energética que necesita el planeta para sobrevivir es clave en la agenda de países e instituciones, ya que de otra manera la supervivencia de nuestra población no es posible.

Las afectaciones conocidas tienen dimensión planetaria, por lo que para esta transición se necesita la implicación y participación de la totalidad de las sociedades hacia una forma justa y equitativa de trasformar nuestros patrones de producción de energía y de consumo y que el resultado sea una sociedad futura con garantías de sostenibilidad y de equilibrio.

Las grandes empresas hacen negocio con las energías renovables. Generan impactos ambientales, atacan los derechos de personas y pueblos, venden la energía a precios desorbitados y aparentan generar energías “limpias” mediante estrategias de marketing y de lavado verde de imagen para ampliar sus áreas de negocio.

El negocio lo enmarcan en la denominada “economía verde”, de la ONU, que apuesta por el desarrollo “sostenible y rentable” haciendo posible el bienestar social, reducir los riesgos medioambientales y las amenazas ecológicas.

Para obtener sus ganancias, en el Sur Global se producen muchos asesinatos de personas defensoras del medio ambiente, cuyos responsables son protegidos por la connivencia entre los Estados y los intereses corporativos.

El mundo vive un aumento intensivo del consumo de energía que, siempre que se demande, orientará los modelos energéticos a proveer esa demanda. Hace falta debatir si es posible cubrir la demanda actual de las sociedades del Norte mediante energías renovables, y tener en cuenta que las energías renovables requieren utilizar materiales no renovables y generan impactos en el territorio, tanto del Norte como del Sur global.
Nuestra transición energética duda entre ser un cambio estructural a largo plazo en el sistema energético de la sociedad o una sustitución general de un tipo de combustible por otro. Nos preocupa que la transición se convierta en un cambio de tecnología en manos de unas pocas empresas que aprovechan en beneficio privado recursos que pertenecen a la gente y los pueblos.

¿Basta con sustituir un combustible por otro?

El cambio climático proviene de quemar combustibles fósiles (carbón, gas natural y petróleo) para producir electricidad y calor. El transporte genera en el estado español el 27% de emisiones totales y, el coche particular supone un 63% de éstas. Hay quienes apuestan por los coches eléctricos como una alternativa, pero no es factible.

No hay soluciones tecnológicamente sencillas para almacenar la energía a gran escala. Además, para sectores como la producción de cemento o la industria petroquímica, no es posible utilizar energía procedente de sistemas de acumulación previa.

Si pretendiéramos que cada persona que utiliza un vehículo con energía fósil usara un vehículo eléctrico, el litio del planeta no sería suficiente. Las reservas de metales necesarios para generar energía renovable están en países como Chile, Perú, Bolivia y Argentina que no tienen capacidad de procesarlos, y su extracción genera altos impactos ambientales y sociales.

En un mundo globalizado e interdependiente es fundamental reconocer que el crecimiento de los países del Norte no es posible sin explotar el espacio ambiental y las personas de los países del Sur en un contexto de sobreexplotación de las capacidades del planeta.

En Navarra la industria eólica es un sector estratégico, pero inquieta que no se oriente hacia una transición democrática y sostenible en materia energética. Para alcanzar metas como que el 50% de energía consumida provenga de renovables se plantea electrificar la economía y la innovación energética como catapulta de transición y garantía del suministro energético del sistema.

Es positivo apostar por las energías renovables, y el sector eólico es puntero en Navarra, pero no se trata solo de poner aerogeneradores en grandes parques eólicos o placas solares de forma indiscriminada. Falta cuestionar el consumo energético y analizar los impactos para otros territorios al extraer los materiales necesarios para la producción, así como estudiar alternativas a pequeña escala con implicación y participación comunitaria.
Igualmente recordar que la energía es para el bienestar de las personas y para asegurar un desarrollo vital mínimo para cocinar, conservar alimentos, tener agua caliente sanitaria, iluminación o climatización. En Navarra en los últimos años 44.000 personas no podían tener su hogar a una temperatura adecuada.

Algunas reflexiones

1) Se necesita el decrecimiento y la reducción del consumo para garantizar la sostenibilidad del planeta y el respeto a los derechos humanos.

2) Toda generación de energía tiene impactos. Las energías renovables, incluidas la eólica y la solar, generan emisión de CO2 para su fabricación/instalación, ocupan el terreno, modifican las sociedades en que se implantan, destruyen ecosistemas y fauna, y hay dificultades técnicas para el almacenamiento, el transporte la posterior generación de residuos.

La evaluación de impacto ambiental de los proyectos deben ser un componente necesario e implicar todos los aspectos económicos, la afectación cultural y social de todas las personas y comunidades implicadas de manera previa a su viabilidad e implantación.

3) Soberanía energética y alimentaria van de la mano. No podemos frenar el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación, o la sequía si no actuamos sobre el modelo agroalimentario. Para La ONU, el actual modelo causa el 37% de las emisiones de gases de efecto invernadero, contamina acuíferos, y provoca deforestación, y uso masivo de plaguicidas y antibióticos en la ganadería industrial.

Las políticas en el sector agroalimentario deberían servir para impulsar la soberanía alimentaria y el desarrollo de sistemas locales sostenibles para enfriar el planeta y alimentar a su gente. Apostar por agricultura a pequeña escala, local y agroecológico, proteger el suelo agrícola, defender una PAC que las proteja, y que deje de financiar la agricultura y ganadería industriales.

4) La soberanía energética en la cooperación internacional. Desde el Norte Global nos toca denunciar la apropiación desmedida de riqueza y la corrupción, también de las élites de los países del Sur, y al tiempo consumir menos materiales y energía. No apoyamos a los pueblos del Sur si llevamos procesos industriales y desechos a otros lugares del planeta aprovechando el pago de bajos salarios, precarias condiciones, o eludiendo el pago de impuestos.

Igualmente se necesita visibilizar y apoyar a quienes defienden la vida con sus luchas y se oponen a tratados regionales o globales abusivos, defienden territorios y bienes comunales, denuncian el sistema financiero al servicio de los poderosos, y sufren violencia por abanderar la democracia como valor fundamental. Sus luchas son parte del avance en defensa de la vida y del bien común.

5) El modelo a perseguir. La transición energética sólo puede basarse en las personas, y tratar la energía como un bien común y no como una mercancía. Sostener el planeta requiere una transición que añada al cambio tecnológico los valores del cooperativismo, el ecofeminismo y el decrecimiento, aplicados a la forma de vivir y consumir.

Queremos una transición energética basada en recursos renovables, aprovechando la experiencia acumulada en investigación y desarrollo, descentralizada en pequeñas instalaciones repartidas equilibradamente por todo el territorio, utilizando para la energía solar superficies ya construidas y en el caso de la eólica apoyando proyectos comunitarios a pequeña escala.

Creemos que incrementar sin límite el consumo de energía lleva a concentrar el poder en grandes corporaciones y genera conflictos por la apropiación de recursos.

6) Movilización de la ciudadanía. Los proyectos transnacionales y extractivistas provocan movilizaciones en el Sur y en el Norte Global que hay que escuchar, atender y defender, ya que afectan a los derechos humanos reconocidos en la legislación internacional. El diálogo debe prevalecer sobre los intereses económicos de las transnacionales, y las afectaciones e impactos de los distintos proyectos deben ser tenidas en cuenta.

Eso necesita una ciudadanía informada, crear conciencia y articular movimientos con el eje común de promover la vida de las personas, y las colectividades locales del planeta hacia sociedades más democráticas, participativas y orientadas al bien común.

Solo la unión de esfuerzos plurales de las mayorías entre el Norte y el Sur para conocer y articular respuestas al modelo actual al servicio del capital, que genera la precarización de grupos progresivamente crecientes de población, hará posible una transición viable y justa.