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Felisa, historia de un confinamiento

Me llamo Felisa, tengo 83 años y vivo con mi marido de 89 en un piso de Tudela.
Siendo menor de edad, tuve que empezar a trabajar en las cocinas de un colegio para poder ayudar en una casa en la que vivíamos siete hermanos. Mientras, mi madre se ocupada de todas las labores del hogar y mi padre se dejaba el alma en el campo.

A lo largo de mi vida, he pasado por momentos muy duros: una guerra, una postguerra, pérdidas de familiares y amigos… Pero en todos esos momentos, lo que nos mantuvo fuertes fue que pudimos darnos un abrazo cuando el ánimo se desmoronaba.

Sin embargo, jamás pensé que, ya a mi edad, me tocaría vivir una pandemia que conseguiría separar a familias y amigos durante tantos meses.

Hoy en día, mi marido es una persona dependiente y tiene muchas dificultades para valerse por sí mismo en muchas tareas diarias.

Hasta ahora, siempre habíamos contado con la ayuda y compañía de mis hijos y nietos en casa, por lo que nunca nos habíamos sentido tan frágiles como lo hemos hecho durante estos tres meses.

Con el confinamiento, no podíamos salir a pasear y me costaba mucho llegar al final del día con energía para los dos. Tenía que enfrentarme a todas las tareas del hogar y asistir a mi marido sin ayudas. Mis ánimos se vinieron abajo y echaba en falta esos abrazos que tanto te ayudan a recomponerte.

Pasadas las primeras semanas, mis hijos me llamaron para contarme que se habían informado sobre el servicio a domicilio para mayores, Solera EnCasa.

Yo nunca hubiese dejado que un extraño entrase en mi casa porque me daba miedo tener que convivir con alguien que no fuese de mi familia. Sin embargo, Daniela, en ningún momento, me generó ese sentimiento.

A los pocos días de venir ella, nos dimos cuenta de que formamos un “gran equipo” en casa: el aseo de mi marido lo hacíamos mucho más rápido y fácil para él, compartimos recetas, me enseñó a utilizar una tablet e hizo partícipe a mi marido… Ahora, lo veo más feliz y yo me siento menos cansada. Con ella en casa, estamos mucho más tranquilos y seguros.

Además, el equipo de Solera EnCasa nos llama habitualmente para asegurarse de que no hay ningún problema y estamos contentos con el servicio.
A pesar de que dicen que volvemos a una “nueva normalidad” y puedo estar con mi familia más a menudo, ya no me imagino la vida sin Daniela.

De hecho, como este año no podremos celebrar las Fiestas de Santa Ana igual que siempre, hemos decidido hacer una comida en mi casa, en la que Daniela se sentará en la mesa porque ya es una más de la familia.

Espero que mi historia os ayude a muchas personas que, al igual que nosotros, se puedan ver en una situación parecida.

Solera EnCasa nos ha cambiado la vida, ¡gracias por todo lo que hacéis por nosotros!