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El discurso del odio, por Carlos Acarreta

El primer error consistió en pensar que la ideología de la ultraderecha no iba a echar raíces en el panorama político español: cuarenta años de dictadura fascista nos habían curado de la implantación de la extrema derecha en nuestro país. Sí, aparecían y crecían en Hungría, en Polonia, en Italia y hasta en Alemania, pero en España la ultraderecha consistía tan solo de un minúsculo grupo de nostálgicos que gustaban de juntarse cada veinte de noviembre para rendir homenaje a Franco cantando el “Cara al Sol”.

Ahora ya están aquí, con su discurso racista, homófobo, populista en el peor sentido de la palabra, xenófobo, machista, intolerante y amenazador, ensuciando el debate parlamentario con sus insultos, su odio y su intolerancia. Un discurso agresivo, chulesco, falto de respeto y de educación, que destila prejuicios y odio por todos lados.

Han aprendido bien las lecciones básicas de la propaganda goebbelsiana: por ejemplo, usan la palabra ‘menas’ para referirse a menores inmigrantes no acompañados; así los cosifican, así es más fácil estereotiparlos y no referirse a ellos como personas, como niños, como seres humanos. El fallo de los medios de comunicación y de la sociedad es que les hemos hecho el juego: hemos aceptado y repetido el uso de esta palabra.

Porque a diferencia de lo que pasa en otros países europeos, cierta parte de nuestro espectro político y de nuestros medios de comunicación les blanquean: algunos partidos y políticos pactan gobiernos y programas de gobierno con ellos, los medios se refieren a ellos como si fuesen un partido político más, no uno que quiere acabar con los fundamentos democráticos en los que se basa nuestra convivencia.

Siguiendo con la propaganda al mejor estilo Goebbels, se hacen siempre las víctimas: la culpa de todo lo que nos pasa es siempre del “otro”, de aquel que es diferente a nosotros, del que no es de aquí o del que piensa distinto. No ser molestan en presentar propuestas o en debatir políticas específicas: lo suyo es la demagogia populista al servicio del odio y de la intolerancia. No les importa mentir, dar datos completamente falsos con respecto a la inmigración y a la violencia machista.

Seguimos blanqueándoles, dejando que escupan un día y otro su odio, poniendo esta democracia en peligro. Ahora por fin parece que algunos empiezan a darse cuenta y llamar a las cosas por su nombre: “fascismo”, no “ultraderecha” o “derecha radical”.

En fin: “Para que el mal triunfe solo se necesita que los buenos no hagan nada”. Eso es lo que dijo Edmund Burke, escritor, filósofo y político irlandés.