Tu memoria, tus letras, tu recuerdo sigue vivo noventa años después de tu asesinato a grito de «por rojo y homosexual», en una España que te duele y que te necesita. Una España que atisba de nuevo la sombra alargada de los herederos de quienes te segaron la vida en una cuneta, sin juicio, sin nombre, sin tumba conocida todavía. Una mancha negra que se extiende devolviéndonos a un mundo gris al que tú, Federico, pusiste color con tus versos, con tu teatro, con tu forma de mirar y de amar. Ese nacionalcatolicismo que creíamos enterrado cabalga de nuevo entre nosotros y nosotras, alimentado por el mismo odio de hace noventa años, ahora disfrazado de sentido común, de libertad amenazada, de defensa de una España que nunca existió como ellos la cuentan.
Y, sin embargo, Federico, esta es también una España de la que estarías orgulloso. La España que logró que se pudiera amar con libertad, en la que las mujeres pueden decidir sobre su propio cuerpo, en la que la palabra se impuso a la violencia. Una España que empezó a cuidar su historia y sus raíces diversas, que abrió fosas para devolver nombres a quienes tú conociste, que te atiende hoy con los brazos abiertos en institutos, en plazas, en homenajes que llevan tu nombre. Esa España convive, incómoda, con quienes te odiaban entonces y que ahora pretenden volver a esa tierra de heridas abiertas, de trincheras, de dolor, en la que tú, como tantos otros, no tendrías espacio. El mismo espacio que te arrebataron una vez a balazos en un camino de Granada.
Quieren una España que recorte las letras y las artes, las mismas que tú llevaste por los pueblos con La Barraca, para devolverla a los toros y a la corona, en la que los colores se encierren de nuevo o se guarden en cunetas que todavía gritan por ser liberadas. Te silenciaron entonces como quieren silenciar hoy tu memoria y la de tantas y tantos como tú, solo por no pensar igual, solo por amar distinto, solo por escribir con libertad. Acallar la memoria, alimentar el odio, esconder las letras: así describirías, Federico, una España en la que algunos miden la violencia según el color de piel o la bandera de quien la ejerce, en la que los privilegiados difunden odio para seguir sosteniendo sus privilegios de siempre.
Una España en la que el color de la piel, del pensamiento y del corazón se mide con una vara moral distinta según convenga, por quienes en realidad no soportan que existan los colores, ni la diversidad.
Los reconoces bien, Federico, aunque hoy no vistan de uniforme ni disparen al amanecer. Hablan de libertad para negar derechos, de familia para excluir a quienes aman distinto, de mérito para justificar privilegios heredados. Recortan leyes de memoria como si la memoria molestara, cuestionan la violencia machista como si fuera invención, señalan a quien migra como si la culpa de todo mal fuera siempre de quien menos tiene. Es el mismo miedo de siempre, Federico, vestido con otras palabras, buscando el aplauso fácil de quienes prefieren un enemigo señalado antes que mirar de frente sus propios privilegios.
Pero la mejor noticia, Federico, es que tú sigues vivo. Vivo en la memoria de nuestros mayores, que aún te recitan de memoria; vivo en las estanterías de bibliotecas y colegios, donde cada generación te descubre de nuevo; vivo en la voz de miles de jóvenes que, como tú, no callan ante el odio que otros quieren imponer. Vivo cada vez que dos personas se aman sin pedir permiso, cada vez que una mujer decide sobre su vida, cada vez que alguien escribe, canta o grita lo que otros preferirían que quedara en silencio.
Nadie podrá decir que has muerto, aunque te sigamos buscando en tantas cunetas para saldar la deuda histórica que tenemos como sociedad contigo y con tantos y tantas que aún duermen a la espera de ser encontrados y nombrados. Esa es también nuestra tarea, Federico: no solo recordarte, sino no permitir que vuelva la España que te mató.
Tú nos enseñaste que el silencio nunca fue una opción: mientras haya quien defienda la libertad frente al retroceso, la igualdad frente al privilegio y la memoria frente al olvido, seguirás caminando entre nosotros, Federico, con los colores que un día quisieron arrancarte.
Ibai Crespo
Parlamentario PSN-PSOE












