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Dudas, por Pepe Alfaro

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Aunque la duda está presente en una buena parte de nuestro entorno vital, es en estas fechas cuando toma un singular protagonismo. Sentimos su oneroso peso en las espaldas, su agobiante presión en los pulsos, su dulce requiebro de amante en los ventrículos, su predestinado discurrir en nuestros zapatos.

Pero está claro que la duda, a pesar del inherente sinvivir que conlleva, nos ayuda a crecer tanto intelectual como emocionalmente. Por el contrario, el dogma aporta seguridades, pero nos deja el encefalograma plano, similar a los de los seres irracionales componentes de rebaños, cuya única virtud es la docilidad al pastor de turno o a sus perros de presa.

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Pasada ya la duda preveraniega de “playa o montaña”, las postveraniega de “estudio o trabajo”, nos llegan las dudas otoñales -así, en plural-, porque el otoño es propenso, por igual, a las dudas materiales como a las intelectuales, aumentadas este año por las programadas elecciones, tanto en la geografía patria como en otras cercanas y del allende.

Porque para las dudas existenciales, las únicas realmente importantes, no tenemos tiempo. Si se nos ocurre, mientras tomamos una caña, soltarle a nuestro compañero de barra, con gesto de pensador de Rodin, un “de dónde venimos o adónde vamos?”, lo más probable es que nos mande a paseo, ya que durante el tiempo de asueto, con su inevitable carpe diem (vive el momento) no se debe mezclar el lúpulo con la transcendencia.

Un aforismo latino dice hominem unius liber timeo (temo al hombre de un solo libro) que, traducido, significa “temo al hombre de un solo libro”, refiriéndose a quien sólo tiene un punto de vista de las cosas. La frase, en su origen, es posible que se refiriese a un gran adversario intelectual que se ha dedicado a convertirse en un maestro en una sola disciplina escogida. Sin embargo, hoy la frase se refiere a expresar “miedo” de las opiniones de la persona inculta que sólo “ha leído un solo libro” y sostiene sus opiniones con la ignorancia e intolerancia propia de los dogmatismos más cerrados y extremos.

Nos queda un otoño-invierno por delante para bañarnos en el mar de la duda o para escalar montañas de dudas. Las otras dudas, las pequeñas, las de andar por casa, sean siempre bienvenidas. En estos momentos, sin ir más lejos, me invade una duda: no acabo de ver claro si para celebrar una efeméride voy a cocinar un calderete o una paella.

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