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David Ferrer, tenista, por Alfonso Verdoy

Quizá sorprenda que este artículo se dedique a un deportista, puesto que esta sección suele tener un cariz filosófico, o al menos eso es lo que intento. Pero la verdad es que todas las personas tenemos nuestra propia filosofía, y David Ferrer tiene por supuesto la suya. Y además es una filosofía equilibrada y limpia, sin dobleces, que merece ser tenida en cuenta por su gran valor humano y hondura ética.

Lo que hoy vende es la ofensa, la soberbia y el insulto, porque eso es precisamente lo que esperamos y quizá deseamos

La verdad es que nunca he leído nada sobre este destacado tenista, ni he mantenido con él ningún tipo de comunicación, pero después de sus palabras tras el partido en que se despedía del deporte profesional, tengo la convicción de que es una persona ejemplar. En primer lugar porque supo dejar de lado la vanidad que tanto tienta a las figuras de cualquier clase, y en segundo lugar porque vino a decir que le gustaría ser recordado no por su dimensión profesional, sino sobre todo por la personal, por ser una buena persona.
Si en estas declaraciones se hubiera metido con algún contrincante, o con la federación, con los árbitros, etc., seguro que habrían recorrido las redes sociales, y si además su tono hubiese sido hiriente o despectivo, incluso podrían haber sido portada de más de un diario. Y es que lo que vende es la ofensa, la soberbia y el insulto, porque eso es precisamente lo que esperamos y hasta quizá lo que deseamos, impulsados por un inconsciente que nos gobierna. Si según Freud los llamados chistes verdes dicen lo que verdaderamente ansiamos, pero escudándonos en historias ajenas que no nos inculpan y por ello nos causan alegría, siguiendo el mismo razonamiento cabría pensar que los medios relatan el mal que otros hacen, y así culpamos a los otros por algo que en el fondo todos querríamos hacer. Una explicación que da una imagen demasiado negativa de nuestra sociedad, pero que merece al menos una seria y profunda reflexión.

Las manifestaciones de Ferrer han pasado más bien desapercibidas, o al menos no han sido resaltadas por los distintos medios. Y es que quizá no coinciden con nuestros más inconfesables e inconscientes deseos. Para qué propagarlas si no atacan a nadie, ni se ríen de nadie ni acusan a nadie, nos decimos de alguna manera. Es sintomático que resaltemos más los aspectos negativos que los positivos, los que desnaturalizan lo humano más que los que lo ensalzan; por eso la despedida de David Ferrer no ha tenido la resonancia merecida. Y es que apenas nos quedan buenos ejemplos. ¡Qué pena!,