Estamos asistiendo a la muerte de las clases medias. Un luctuoso hecho al que no se quiere poner fin. En Argentina supuso el regreso a la pobreza. Y en algunos países europeos, así como en amplias zonas de EEUU, vamos “progresando adecuadamente” en el camino de su destrucción. Esto no es retórica barata, pues, en el caso de España, está refrendado por datos de la misma Agencia Tributaria.
Si hablamos del salario mínimo interprofesional (655,20 euros mensuales en 14 pagas, en la actualidad), los trabajadores con ingresos por debajo de esta cifra subieron siete puntos desde el año 2008 al pasar del 27,8% del total de asalariados al 35% en 2014. En este contexto, España se sitúa en el grupo de países con salarios mínimos entre 500 y 1.000 euros junto a Portugal, Grecia, Malta y Eslovenia. Además, según los datos publicados, cerca de cuatro millones de trabajadores en España cobran menos de 300 euros al mes. El mayor porcentaje de estos empleados se sitúa en el grupo de edad entre 26 y 35 años.
Las causas por las que un segmento importante de la población se sitúa por debajo del salario mínimo son de sobra conocidas y están siempre vinculadas a la precariedad: sucesivos contratos temporales (sólo Polonia nos supera en temporalidad), jornada a tiempo parcial o gran parte del año en el desempleo.
La Organización Internacional del Trabajo ha denunciado esta precariedad, refiriéndose a que existe un abuso de la temporalidad injustificada. Y el director de la oficina de la OIT para España, Joaquín Nieto, ha asegurado que España tiene margen para subir sensiblemente el salario mínimo, “algo necesario para sacar de la pobreza a quienes tienen ya trabajo”. A algunos se les cae la baba diciendo que “desciende el paro y aumenta el PIB”, pero se callan que tanta precariedad hace que “disminuya la recaudación del Estado”. Y el gran problema de la Economía viene cuando se recauda mucho menos de lo que se gasta.
Por otro lado, el Gobernador del Banco de España, Luis María Linde, pide más flexibilidad para bajar salarios y reducir la protección de los trabajadores indefinidos. Pero, a renglón seguido, en una de las muchas contradicciones a las que nos tienen acostumbrados los gobernantes, advierte de que la tasa de paro se mantiene en un nivel “socialmente inaceptable” y que “un exceso de rigidez a la baja de los salarios nominales podría dificultar la consolidación de las ganancias de competitividad obtenidas en los últimos años”. Y esto lo dice un señor absolutamente improductivo que, dietas y gastos de representación aparte, ganó 183.969 euros en 2015, lo que supone un 4,5 % más que un año antes.
Estamos ante uno de los más “inquietantes cambios sociales de la historia”, que ya está marcando a las nuevas generaciones. Este concepto de “clase media” hasta hace poco era considerado crucial para la ideología liberal-capitalista. Pero el miedo que los ideólogos gobernantes nos han metido en el cuerpo ha surtido tanto efecto que ya piensan que no es tan crucial y que pueden seguir empobreciéndonos hasta quedar sólo dos clases: ricos (ellos) y pobres (los demás).
Es lo que nos queda: los gobernantes nos meterán cada día más miedo para seguir empobreciéndonos y para seguir enriqueciéndose. ¡Viva el miedo!

Artículo anteriorEn positivo, por Carlos Acarreta
Artículo siguienteLos otros recuerdos, por Alfonso Verdoy