Hay preguntas que parecen empresariales hasta que uno se las hace de verdad.
Por ejemplo: ¿qué hacemos con aquello que hemos construido cuando ya no depende de nosotros? Porque construir una empresa durante décadas tiene mucho mérito. Pero hay algo todavía más difícil: conseguir que aquello que has construido pueda seguir creciendo cuando tú ya no estés tomando todas las decisiones.
Por eso los XXIV Galardones de la Asociación Empresa Ribera (AER), que este año reconocen a Laura Sandúa (Aceites Sandua), por toda una trayectoria empresarial, y a Mario Falcón (Mobekip Group), por relevo generacional, me parecen mucho más que dos premios.
Son dos momentos distintos de una misma historia: CONSTRUIR Y CONTINUAR
España es un país de empresas familiares. Según el Instituto de la Empresa Familiar, representan más del 90% del tejido empresarial, generan más del 70% del empleo privado y aportan cerca del 60% del valor añadido bruto privado. Y, sin embargo, tenemos una relación bastante curiosa con el empresario. Queremos que cree empleo, invierta, innove, exporte, pague impuestos, sea sostenible, concilie, encuentre trabajadores y aguante las crisis.
Porque detrás de una empresa hay mucho más que una cuenta de resultados. Hay clientes que no pagan, inversiones que se tuercen, máquinas que se paran, personas que se marchan, nóminas que llegan, Hacienda, Seguridad Social, el banco y un teléfono que nunca termina de entender qué significa “fuera de horario”. Y al día siguiente, otra vez, levantar la persiana. El empresario puede cerrar la puerta a las ocho. La empresa, no.
El filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han, escribió que “el sujeto del rendimiento se explota a sí mismo creyéndose libre”. Y aquí aparece otra pregunta: ¿Cuántas empresas han aprendido a funcionar como un equipo y cuántas siguen necesitando que una sola persona tenga siempre la última respuesta?
Porque un buen líder es imprescindible. Pero un líder sin equipo es, en el fondo, una persona muy ocupada. Y entonces llegamos a las empresas familiares, donde los problemas empresariales tienen a veces la mala costumbre de sentarse también a comer en Navidad.
El director puede ser tu padre. El siguiente gerente, tu hijo. Y una decisión sobre la empresa puede llevar incorporada una conversación que empezó veinte años antes.
Ahí el relevo deja de ser una cuestión de organigrama. Se convierte en una cuestión de confianza. Heredar una empresa no es heredar un trono. Es recibir algo que otros construyeron y asumir la responsabilidad de hacerlo evolucionar.
Por eso el reconocimiento a Mario Falcón tiene tanto sentido. De aquella pequeña carpintería, Creaciones Falcón, surgió un proyecto que con el tiempo se ha transformado en Mobekip Group, incorporando diseño, tecnología, fabricación y nuevas formas de personalización. Eso es relevo. No consiste en cambiar de persona en el despacho. Consiste en ser capaz de continuar una historia sin vivir atrapado en ella. Porque respetar lo que hicieron quienes estuvieron antes no significa hacer exactamente lo mismo. A veces, precisamente, significa atreverse a hacer algo que ellos no hicieron.
Y si hablamos de trayectoria, tengo que hablar de Laura Sandúa y aquí me van a permitir algo que no aparece en una nota de prensa.
Me alegra especialmente que este año AER haya decidido reconocer a Laura.
No porque haya sido compañera mía en la junta de AER durante años, ni porque conozca su trayectoria. Sino porque he tenido la oportunidad de conocer a la persona que hay detrás de esa trayectoria. Y eso cambia las cosas. No conocía a Laura antes de entrar a formar parte de la Junta, sabía lo que era Aceites Sandua, sabía lo que había conseguido. Pero compartir una etapa profesional permite descubrir algo que ningún currículum cuenta:
Cómo se comporta una persona cuando nadie está entregándole un premio.
Laura escucha. Mira a los ojos. Pregunta. Y, sobre todo, genera confianza. Puede parecer poco espectacular. En una empresa, es muchísimo. Una persona brillante y exigente, pero nunca he tenido la sensación de estar delante de alguien que necesitara demostrar que era la persona más importante de la habitación.
Y quizá por eso me parece especialmente merecido este reconocimiento. Porque una trayectoria empresarial no debería medirse solamente en años, facturación o mercados. También debería medirse por la huella que dejas en las personas con las que has trabajado.
Aceites Sandúa cumple cincuenta años de historia, está presente en más de cuarenta países y ha continuado creciendo e invirtiendo en la Ribera, con nuevas instalaciones en la Ciudad Agroalimentaria de Tudela.
Pero hay algo que me interesa más que cualquier cifra: haber crecido sin perder de vista de dónde se viene.
Eso también es trayectoria. Porque crecer no siempre consiste en alejarse de las raíces. A veces consiste en tener raíces suficientemente fuertes para poder crecer más. Y ahí los dos galardones de AER vuelven a encontrarse.
Laura representa lo que una generación puede construir.
Mario, lo que una nueva generación puede hacer con aquello que recibe.
Una empresa puede sobrevivir a una crisis, una pandemia, una mala inversión o una caída de ventas. Lo verdaderamente difícil es sobrevivir al paso del tiempo sin quedarse atrapada en lo que funcionó ayer. Y aquí me haría dos preguntas.
Primera: ¿cuándo una empresa deja de tener una buena trayectoria y empieza simplemente a vivir de ella?
Porque cincuenta años son una magnífica razón para celebrar. Pero también una magnífica razón para preguntarse qué viene después.
Y la segunda: ¿Queremos realmente que la siguiente generación continúe nuestro legado o, en el fondo, queremos que nos demuestre que ha aprendido a hacerlo exactamente como nosotros?
Ahí está la diferencia entre continuidad y repetición. Entre legado y control. Entre enseñar a alguien a conducir y seguir agarrándole el volante desde el asiento del copiloto. Porque para que una empresa familiar dure otras cinco décadas no basta con encontrar a alguien que ocupe la silla. Hace falta que quien estuvo antes sepa levantarse de ella. Y que quien llega tenga el valor de sentarse sin convertirse en una copia.
Por eso el trabajo de AER importa. AER no es solamente quien entrega estos galardones. Es un espacio donde las empresas se encuentran, comparten problemas, generan relaciones, defienden intereses y recuerdan algo que desde fuera se olvida con facilidad: que detrás de cada empresa hay personas intentando que mañana vuelva a abrirse la persiana. Eso también es hacer territorio.
La economía de la Ribera no sucede solamente en los grandes discursos. Sucede en los talleres, en las naves, en los comercios, en los despachos y en esas empresas donde alguien lleva treinta años tomando decisiones que casi nadie ve.
El próximo 23 de septiembre, en Peralta, empresarios e instituciones volverán a sentarse juntos para celebrar lo conseguido. La presidenta María Chivite estará allí para clausurar el acto.
Y Sra. presidenta, permítame una pequeña licencia. Está muy bien que las instituciones acompañen a los empresarios cuando reciben un premio. De hecho, es bonito. Lo que sería extraordinario es que también los acompañaran un poco cuando no hay escenario, ni fotógrafo, ni aplausos. Porque al empresario se le pide que sea resistente, innovador, competitivo, sostenible, generador de empleo y capaz de sobrevivir a casi todo.
Quizá el Estado y las instituciones podrían intentar una cosa bastante sencilla a cambio: no ponerle más obstáculos de los necesarios. Porque construir una empresa durante cincuenta años merece un premio. Que pueda seguir existiendo otros cincuenta, también.
Elia Vallejos Muñoz, Coach especializada en comportamiento humano y facilitadora de grupos











