Inicio Colaboradores Alfonso Verdoy Ser felices, por Alfonso Verdoy

Ser felices, por Alfonso Verdoy


Todas las personas queremos ser felices, aunque no tengamos una idea muy clara de lo que eso es. Pensamos que consistiría en tener mucho dinero, tener salud y amistades, no tener obligaciones, tener todo el tiempo libre y vivir siempre en un estado de euforia. Pero siempre echaríamos algo en falta, además de tener de continuo la amenaza oscura de la muerte. Así que la felicidad plena es un sueño imposible.

Por eso es una idea hoy en día denostada; los estudiosos del tema prefieren sustituirla por otras metas, y yo me atrevo a proponer el concepto de dignidad, esa tranquilidad que supone saber que no estamos faltando a nuestro plan de vida, no digo a un plan económico ni profesional, sino sobre todo un plan de principios, de valores en definitiva. Sabemos que si faltamos a ellos, si los traicionamos, nos sentimos plenamente desgraciados, y por ahí no queremos pasar. Así que nos basta con ser honestos con nosotros mismos.

El hecho de sentirnos dignos cumplidores de esos valores nos depara un sentimiento especial, el de la serenidad

El hecho de sentirnos dignos cumplidores de esos valores nos depara un sentimiento especial, que tiñe todas nuestras vivencias con un matiz que nos agrada, el de la serenidad. Y esto es así porque nos sentimos verdaderos dueños de nuestra vida, al realizarla de acuerdo con nuestros propios criterios, sin que nadie nos manipule. Cumplimos en la vida tal como somos, y nos experimentamos poseedores de una verdadera riqueza: la libertad.

La profunda serenidad que experimentamos nos impulsa no a encerrarnos en nuestra satisfacción, sino a salir al mundo para completar nuestra serenidad, lo cual supone cuidarlo, hacerlo cada vez más perfecto, más adecuado a nuestras necesidades, más humano en definitiva. Pero también nos incita a cuidar de las personas, haciendo lo posible para que encuentren las mínimas dificultades en su vida, a amar a algunas de ellas, y en ese cuidado y en ese amor es cuando nos sentimos realmente plenos. Sabemos de las dificultades que nos cercan, pero no nos sentimos desgraciados, sino todo lo contrario, tranquilos, honestos y dignos. Esa es una buena meta.