Generalmente conversamos mucho durante el día, sobre asuntos diferentes y con diferentes personas. No es lo mismo hablar con el jefe, que con un amigo, un familiar o un desconocido, porque la conversación implica manifestarnos, decir lo que sentimos y expresar nuestras opiniones sobre los variados asuntos de la realidad, y eso a veces nos puede resultar incómodo. Pero también sirve para ocultarnos, cuando por ejemplo nos encontramos en un espacio cerrado, frente a frente con una persona desconocida; en esos casos, podemos mantener un tenso silencio, lo cual es una forma de hablar porque es una manera de manifestar nuestra inquietud y desconfianza, pero también podemos hablar de cualquier nimiedad, que realmente sirve para taparnos ante ese hombre o esa mujer cuya presencia nos resulta más bien molesta.
De tanto hablar sobre infinidad de bagatelas vamos olvidando nuestro verdadero ser
Es importante hablar con los compañeros de trabajo, con los vecinos – aunque hoy esa cercanía vecinal vaya en claro declive – con el médico, con la familia, etc., pero solemos olvidar que también es conveniente hablar con nosotros mismos, lo cual no es síntoma de locura, sino precisamente lo contrario; ya dijo nuestro Antonio Machado aquello de que «quien habla solo/espera hablar a Dios un día», sin que sean unos versos que tengan únicamente un sentido religioso. Y es que lo que más necesitamos es hablar con ese yo nuestro que siempre nos acompaña y al que en muchas ocasiones mantenemos semiolvidado en las mazmorras de nuestra memoria. ¿Para qué hablarnos, si ya nos conocemos lo suficiente?, puede ser la excusa, pero eso es un claro error, porque de tanto hablar sobre infinidad de bagatelas vamos olvidando nuestro propio ser.
Quizá una noche, cuando uno vuelve solo a casa, en ese trayecto puede que mantenga una conversación consigo mismo, ¡cuántas verdades se pueden descubrir en ese momento!, y eso es porque hablarse a solas equivale a mirarse a la propia cara en lugar de a la de los demás,- que también es necesario, pero no sólo – y descubrir lo que en realidad somos, lo que pensamos y lo que hacemos, incluido por supuesto aquello que deberíamos pensar, hacer y querer. Así que esa mirada frente a nosotros nos ha regalado más verdades que la mayoría de las conversaciones ajenas, y además la hemos mantenido en silencio, que también lo habíamos perdido. ¡Felices hallazgos!









