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Arguedas vivió este sábado una jornada cargada de emoción y recuerdo con la inauguración del Espacio Cultural de las Cuevas, un enclave histórico excavado a pico y pala en la peña del Bordón y que durante décadas fue hogar y refugio de vecinos. La apertura oficial de este espacio, que ha permitido recuperar siete cuevas —cinco de ellas recreadas con mobiliario y enseres de la época— supone un  nuevo paso en la apuesta de la localidad ribera por conservar su historia, poner en valor su identidad y convertirla en un recurso cultural y turístico para las numerosas personas que pasan por la conocida Puerta de las Bardenas.

José Luis Sanz: «Recuperamos parte de nuestra memoria colectiva»

El acto de inauguración contó la presencia del alcalde de Arguedas, José Luis Sanz, que reconoció el simbolismo del proyecto. “Hoy no solo inauguramos un espacio recuperado, hoy recuperamos parte de nuestra memoria colectiva, de nuestra historia compartida y de nuestra identidad como pueblo”, afirmó. Las Cuevas de Arguedas, recordó, no son solo parte del paisaje, sino también el recuerdo de muchas generaciones que las habitaron en los años más duros del siglo XX.

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Sanz en su intervención en el acto

Durante su intervención, el alcalde destacó que la actuación no ha buscado “modernizar sin más” ni desvirtuar el lugar, sino devolverle “su aspecto y su espíritu”, para que quienes las conocieron puedan reconocerse en ellas y para que quienes no las vivieron comprendan de dónde viene Arguedas. “Son un puente entre generaciones, un lugar donde la memoria se convierte en aprendizaje y donde el pasado dialoga con el presente”, señaló remarcando además la apuesta municipal por un turismo sostenible, ligado a la cultura.

Sanz también agradeció el trabajo colectivo que ha hecho posible el proyecto, desde técnicos y colaboradores hasta vecinos que han aportado muebles, objetos y recuerdos, así como a quienes han puesto voz a las historias grabadas que acompañan el recorrido. “Cada rincón de estas cuevas guarda recuerdos, historias y esfuerzo de muchas personas. Respetarlas es respetarnos a nosotros mismos”, concluyó.

«Excavadas a pico y pala»

Carlos Floristán ha sido una de las personas clave en la recuperación de la memoria oral ligada a las cuevas. En su intervención durante la inauguración trasladó al público a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando comenzaron a excavarse estas viviendas en la peña. Floristán se emocionó al recordar las conversaciones con Luis Lasheras «Chimilindras», vecino de Arguedas que vivió en las cuevas y falleció a los 103 años y que resumía su vivencia en este hogar tan participar con una frase sencilla. “Las cuevas calenticas en invierno y en verano mucho fresquicas”.

Floristán invitó a las numerosos vecinos que se acercaron a la inauguración a cerrar los ojos y viajar a una época marcada por la escasez, el crecimiento de la población y la necesidad de vivienda. Explicó cómo las cuevas se excavaban con pico y pala, aprovechando el tipo de terreno, pero siempre bajo una losa de piedra. También recordó cómo el derecho a construirlas se obtenía con una simple solicitud al Ayuntamiento, no se pagaban contribuciones, se heredaban de padres a hijos, pero nunca se podía tener más de una cueva.

Carlos Floristán

En cuanto a su diseño, explicó, las cuevas comenzaban siempre por la cocina, continuaban con una habitación y, en muchos casos, incluían una cuadra donde convivían con los animales, aportando calor. “Tiempo, paciencia, manos de familiares y amigos y ganas de trabajar” eran, recordó, los ingredientes básicos para levantar aquellos hogares excavados en la roca, principalmente durante los inviernos, cuando escaseaba el trabajo en el campo y había más tiempo.

La noche de Dolores Ibárruri en la cueva de los Guitarros

Las Cuevas de Arguedas guardan entre sus paredes muchas historias. Una de las que se desveló fue la de la cueva de «Los Guitarros» escenario de una de las historias más singulares y desconocidas de Arguedas. En ella vivía una familia humilde, formada por José García Gómez y Carmen Salvoch, que sacaron adelante con esfuerzo a sus hijos Juanjo, Ana Carmen y Esther, tras la pérdida temprana de otra de sus hijas, Pilar. Una familia humilde, ajena a la militancia política, que sin saberlo ha acabado siendo parte de un episodio clave de la historia del siglo XX, aseguró Floristán.

Público asistente a la inauguración

En esta cueva se escondió durante una noche Dolores Ibárruri «La Pasionaria», primera mujer dirigente de un partido político en España, diputada del Partido Comunista entre 1936 y 1939 y una de las figuras más relevantes de la historia política de España.

Floristán relató que en un contexto de persecución política que se produjo en España, «La Pasionaría» inició una huída hacia Francia recalando en Arguedas. Los simpatizantes de la causa no consideraron seguro ocultarla en una vivienda y, a través de contactos de confianza, buscaron a los Guitarros, una familia anónima y apolítica, para que pudiera darle refugio sin levantar sospechas. La cueva de esta familia se convirtió, sin quererlo, en ese lugar discreto y seguro donde pasar una noche a la espera de que la oscuridad facilitara su traslado a Francia y continuar su huída a Rusia. “Es una historia que me ha costado mucho encontrar”, ha reconocido Floristán, quien ha logrado confirmarla gracias al testimonio directo de Ana Carmen, descendiente de la familia.

La cueva de la familia

Uno de los testimonios más emotivos de la jornada lo protagonizó José Antonio Rapún al recordar la cueva en la que ha vivido su familia, su abuela Felisa, sus tías y su madre fallecida el pasado julio a los 92 años. Su memoria, como la de tantas familias, ha quedado ahora ligada para siempre a estas cuevas recuperadas, convertidas en un lugar donde la historia de Arguedas vuelve a sonar cargada de recuerdos para mostrar una forma de vida marcada por la humildad pero también por una profunda solidaridad vecinal.

José Antonio Rapún

Rapún ha explicado que, tras preguntar en muchas ocasiones a su madre, Carmen —fallecida el año pasado— cómo había sido la vida en las cuevas, ella siempre se la describía con serenidad y cariño. Como en cualquier lugar había roces, reconoció, pero la convivencia se basaba en la ayuda mutua. «Cuando alguien no podía cubrir una necesidad, siempre ha habido un vecino dispuesto a compartir o a echar una mano», destacó. «Las familias se sentían como una sola, hasta el punto de que dejar a los hijos al cuidado de la vecina mientras se iba a trabajar».

La bajada de los vecinos de las Cuevas a las casas del Barrio de Venecia, con agua corriente y luz, supuso una mejora enorme. Un cambio que cerró una etapa de sacrificio y que dio paso a una nueva forma de vida.

Vida cotidiana y costumbres en las Cuevas de Arguedas

En sus inicios, las cuevas no tuvieron luz eléctrica; más tarde se instaló una bombilla pública en los accesos exteriores que solo se encendía durante un par de horas por la noche. Con el tiempo, llegó la electricidad al interior de las viviendas, aunque las velas y los candiles no dejaron de utilizarse.

El agua, siempre escasa, se subía desde la puentecilla. Cada familia acarreaba los cántaros sobre la cabeza o la cadera y, a veces, contratando aguadores. Ésta se almacenaba en tinajas que la mantenían fresca.

Los animales —burros, mulas, gallinas, cerdos o hurones— convivían en muchas ocasiones con las familias, en estancias interiores o, en el mejor de los casos, en cuadras anexas.

Las habitaciones ampliaban conforme aumentaba la familia. Estaban separadas por cortinas o paredes de adobe. Muchas cuevas han contado con despensas, bodegas para el vino o espacios para la producción de aceite. El baño, inexistente, se sustituía por un barreño y un ritual diario de limpieza.

Los colchones confeccionaban con hojas de pinocha de maíz, cambiadas cada año, y algunos pocos con lana. Para calentar las camas en invierno se calentaban piedras sobre la cocinilla.

La cocina era el corazón de la cueva, con cocinillas de leña alimentadas con tamariz, pinochas o sisayos. Sopas, verduras, farinetas de maíz, algún conejo cazado furtivamente y muy poca carne y pescado, eran la dieta principal de la época, mientras que el trueque era moneda habitual en los intercambios de alimentos y utensilios.

Los juegos infantiles, los bailes y los cuentos de las abuelas se mezclaban con visitas de carrozas de gitanos.

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