David Trueba y Fernando Ramallo
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El director David Trueba y el actor Fernando Ramallo han regresado este jueves 29 de octubre al Festival Ópera Prima de Tudela para celebrar los 30 años de La buena vida. El accidente ferroviario de Urda y la declaración de luto oficial han aplazado el reconocimiento que la organización había preparado para el cineasta. Sin embargo, ambos pudieron compartir con el público del Cine Moncayo sus recuerdos de aquella película y recibir su aplauso. Un homenaje sin ceremonia, pero con el cariño de los espectadores.

El encuentro, conducido por el director del festival, Luis Alegre, permitió recuperar las historias de un rodaje que marcó sus trayectorias. También hubo tiempo para reflexionar sobre el éxito, el paso de los años y los cambios experimentados por la industria cinematográfica.

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El pase de La buena vida sirvió, además, para recordar el vínculo de David Trueba con Tudela. Una relación que, como recordó Luis Alegre, comenzó entre diciembre de 1994 y enero de 1995, cuando el cineasta visitó por primera vez la capital ribera para participar en un coloquio sobre Los peores años de nuestra vida, película dirigida por Emilio Martínez-Lázaro y de la que era guionista.

«Vine con su guionista, David Trueba y con Gabino Diego, su protagonista», recordó Alegre, quien destacó la acogida de aquel encuentro con el Cine Club Muskaria. «A partir de ahí, viendo también la respuesta del público, nos dimos cuenta de que igual merecía la pena organizar algo relacionado con el cine español», explicó.

De aquella iniciativa nació la Muestra de Cine Español, antecedente del actual Festival Ópera Prima. «De algún modo David Trueba está en la raíz de todo», subrayó Alegre.

Un debut que estuvo a punto de no producirse

Trueba recordó que el rodaje de La buena vida tuvo que retrasarse seis meses porque no encontraba al adolescente que debía interpretar a Tristán. Después de realizar pruebas a miles de aspirantes, una recomendación casual le llevó hasta Fernando Ramallo, un estudiante madrileño que ni siquiera tenía intención de presentarse al casting.

Ramallo recordó que quería estudiar Bellas Artes y apenas había pisado una sala de cine. Su profesor de audiovisuales le animó a participar en las pruebas, aunque el joven aprovechó inicialmente la convocatoria como una oportunidad para librarse de las clases.

Aquel chico virgen con un absoluta falta de experiencia fue precisamente lo que convenció a Trueba. El director buscaba un protagonista espontáneo, sin el aprendizaje de alguien que aspira a convertirse en actor.

No todos compartieron su confianza. Trueba recordó que, tras visionar el material de la primera jornada, varios miembros del equipo le advirtieron de que Ramallo no funcionaba ante la cámara. Unas semanas después, relató el director, esos mismos colaboradores habían cambiado de opinión.

El actor también recordó el ambiente familiar del rodaje y cómo aquella experiencia transformó su vida. Especialmente cuando descubrió su rostro en los carteles de la película precisamente el instalado en una marquesina de autobús junto a su instituto. De pronto, compañeros que apenas le prestaban atención comenzaron a interesarse por él.

«La chica que me gustaba, la chica guapa de clase se acercó a mí», recordó divertido. Incluso consiguió que le dejara firmar su carpeta, algo que antes no le permitía. «Claro que me cambió la vida», reconoció Ramallo, que hasta entonces había restado importancia al impacto de su debut cinematográfico.

La huella del cine francés

Trueba también recordó su fascinación por la cultura francesa y la influencia que sus cineastas ejercieron en su formación. Una admiración que le llevó a construir su propio árbol genealógico cinematográfico, con Jean Renoir, François Truffaut, Claude Chabrol y Éric Rohmer entre sus principales referentes. Sin embargo, quiso matizar algunas influencias que la crítica le atribuyó tras el estreno de La buena vida.

«Siempre recuerdo que por ejemplo, cuando se estrenó La buena vida, hablaba mucho de la influencia de Truffaut, Los 400 golpes, que para nada», explicó. Su verdadera referencia había sido El soplo al corazón, de Louis Malle, una película con la que se había identificado profundamente. A pesar de ese afrancesamiento, Trueba destacó también el carácter español de su primera película, rodada en las calles del barrio madrileño de Estrecho, donde había crecido y que apenas aparecía entonces en el cine.

El éxito es poder seguir haciendo cine

Treinta años después del inicio de su carrera como director, Trueba mantiene una visión del éxito alejada de los premios y las cifras de taquilla. «Para mí el éxito es la continuidad», reconoció plenamente convencido de que lo importante es poder seguir dedicándose a aquello que a uno le apasiona.

El director defendió también la necesidad de conservar el entusiasmo de los comienzos, que cada película responda al deseo de contar una historia, sin dejarse arrastrar por las expectativas de un éxito anterior.

Al revisar La buena vida con la perspectiva que aporta el paso del tiempo, Trueba reconoce elementos que todavía permanecen en su cine. Su preferencia por los personajes imperfectos, alejados de la división entre buenos y malos, su interés por comprender las razones de todos los personajes y evitar los protagonistas perfectos.

Otra de sus señas de identidad es la búsqueda de una narración natural, en la que la cámara resulte lo más invisible posible. Trueba prefiere que la escritura y la dirección estén al servicio de la historia, sin que el estilo del cineasta se imponga sobre los personajes. Con los años también ha aprendido a confiar más en los intérpretes y a dejar espacio para sus propias aportaciones. «Soy menos intervencionista ahora que hace 30 años», reconoció.

Admitió que hoy podría mejorar técnicamente su primera película, pero no reproducir lo que contaba entonces. Aquella historia pertenece a una etapa de su vida y a una forma de mirar el mundo que ya no es la misma, reconoció.

Un cine diferente, pero con las dificultades de siempre

Trueba reconoció que las posibilidades de financiación de los proyectos audiovisuales han aumentado respecto a la situación del sector hace 30 años gracias, sobre todo, a las televisiones privadas y las plataformas.

Sin embargo, advirtió de que sacar adelante una película continúa siendo complicado. Los proyectos necesitan años de preparación y, sobre todo los nuevos creadores deben conciliar sus ideas con las exigencias de quienes los financian.

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