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Como la realidad

Una parte de la actual tecnología, la que concierne a la imagen y al sonido, presume de poder crear iconos visuales y sonoros con una veracidad extraordinaria. Videocámaras, cámaras de fotos y teléfonos móviles se anuncian exhibiendo su potencial de pixels, para elaborar perfectas reproducciones con una precisión hasta hace poco inimaginable. Es cierto que los teléfonos ofrecen además otros atractivos increíbles, como son los de superar espacios y tiempos em un santiamén, pero también alardean de su calidad fotográfica. Con respecto al sonido podemos decir que sucede más o menos lo mismo; hay demasiados aparatos que hoy nos permiten escuchar la grabación de una sinfonía distinguiendo claramente todos los instrumentos, como si estuviéramos a dos pasos de la orquesta.

Vivimos excesivamente pendientes de copias virtuales que pertenecen a la imaginación más que a la realidad

Es seguro que en muchos casos todo esto potencia nuestras semiolvidadas capacidades artísticas, y puede que nos sintamos inclinados a ir por ahí escudriñando juegos de luces, buscando nuevas e incitantes perspectivas, o agudizando los oídos para descubrir en los sonidos naturales ignoradas armonías, lo cual, en este mundo tan utilitarista, es más que saludable.

Pero en la mayoría de los casos no sucede así, pues resulta que nos ensimismamos ante tan fabulosas copias pero, curiosamente, la realidad correspondiente nos pasa desapercibida. Nos embelesamos viendo la foto de una persona, o la de un paisaje con sugerentes contrastes o la de una calle con sus luces y sombras, mientras que esa misma persona, el mismo paisaje y la citada calle nos pasan desapercibidos en la vida cotidiana. Igual nos sucede con respecto al sonido: quedamos arrobados cuando escuchamos la grabación del gorjeo de unos pájaros, por ejemplo, siendo así que el mismo gorjeo escuchado en el campo apenas lo apreciamos.

Es curioso: valoramos las imitaciones de los objetos pero apenas somos conscientes de los objetos mismos, lo cual parece contradictorio. Gracias a la tecnología podemos contar con excelentes copias virtuales, que pertenecen más a la imaginación que a la realidad. Claro que a la mejor es porque nuestro zaherido talante dificulta que apreciemos lo percibido, o bien porque no nos gusta, o porque ese ámbito ficticio lo creamos nosotros y nos apetece jugar a ser como dioses ahora que ya no hay, dicen, ninguno. O por todo a la vez, quién sabe.