El patio del Palacio del Marqués de San Adrián, sede de la UNED de Tudela, acoge hasta el 30 de enero la exposición de Ricardo Pardo, una colección formada por obras creadas en 2025 y que desvela un nuevo salto en la trayectoria del artista. Son obras intensas, frontales, de pulsión narrativa que invitan al visitante a mirarse en un espejo incómodo.
Pardo cuenta que el proceso creativo de esta serie surge de un encierro voluntario. “Decidí encerrarme en casa y pintar durante horas diarias para poder desarrollarme más, llegar a un nivel que me dejara contento y que pudiera expresar lo que yo sentía”, explica.

De ese empeño han surgido piezas que oscilan entre el realismo tensionado, el retrato emocional y cierta estética cómic. “No es cómic, pero quería que las expresiones fueran tan marcadas que dejan de ser realistas”, explica.
En ese tránsito creativo el artista pone en juego su imaginario personal, su memoria y la observación del entorno. “Hay cuadros que salen de mi imaginación, de recuerdos cuando era joven, otros que vienen de mi familia, de mis amigos, o de lo que veo en la televisión”.

Impacto emocional
La exposición, reconoce el artista, no pretende ser amable para el espectador. Pardo lo dice abiertamente y sin disculpas. “Reconozco que la gente quiere cuadros que den paz. Esto no te da paz, son obras que enfrentan a uno mismo, como si fueran un espejo”.
En ese juego que se establece entre obra y observador el artista busca provocar genera respuestas dispares, como ocurre con «Payaso», un cuadro capaz de provocar risa en unos y desasosiego en otros. “Cada persona lo verá diferente y ese depende del estado en el que esté esa persona en ese momento”.
Para el autor, esa fricción es esencial y deliberada. “Creo que mis cosas son agresivas, pero no violentas. No me quiero justificar, no me quiero dedicar a hacer gatitos. Quiero mostrar esta agresividad”.
Del imaginario al retrato
La muestra revela también los primeros pasos que Pardo ha comenzado a dar hacia el retrato realista, un territorio donde reconoce mayor exigencia. “Mis cuadros son buenos, pero no se parecen a nadie, pero cuando comienzas a hacer retratos ya no puedes permitirte margen de error”, señala.

En este proceso se ha sumado el trabajo con la fotógrafa Silvia Catalán, a quien Pardo reconoce haber abierto una nueva etapa en su obra. “Descubrí a Silvia en una exposición em Murchante y me impactó su fotografía porque sabía mostrar el alma. No son retratos, son otra cosa”.
Desde entonces, el artista murchantino aplica un método más riguroso con sesiones fotográficas específicas, preparación del modelo y un flujo de trabajo casi cinematográfico. “Me he dado cuenta de que mis retratos dependen de una buena fotografía. Me di cuenta de que a veces el problema no era mi pintura, sino la foto, que tomaba de referencia, sin sombra, sin textura, sin fuerza», algo que, explica, ha resuelto a través de la mirada de Silvia Catalán.

La primera obra de este nuevo camino se la ha dedicado a su hermano Daniel, una obra que capta la madurez y la melancolía. «Además fue un regalo para él”, apunta.
Lejos del acomodo estético, la colección de Ricardo Pardo es un recordatorio de que el arte puede ser espejo e incomodidad que tiempos de imágenes suaves y consumo rápido, llega como un acto de sinceridad y honestidad con su modo de ver el arte.
















