En tiempos marcados por la prisa, la Navidad nos invita a la pausa. En medio de las incertidumbres, la Navidad —al menos para algunos— nos habla de certezas. Frente a un creciente individualismo disfrazado, nos recuerda que la soledad, cuando es habitada, puede convertirse en un espacio abierto a la abundancia.
La Navidad pone el centro en lo pequeño y nos habla de silencio, de fragilidad y de sencillez. Nos habla del cuidado: del cuidado del otro y del cuidado del entorno.
Plantea valores claramente contraculturales y cuestiona muchas de las lógicas actuales. En el fondo, nos recuerda lo que escribió Saint-Exupéry en El Principito: que “lo esencial es invisible a los ojos”. Nos habla de gratuidad frente al cálculo, de comunidad frente al aislamiento, de memoria frente al olvido. Nos enseña que hay tiempos que no deben acelerarse y tradiciones que no necesitan reinventarse para seguir siendo verdaderas. Quizá por eso la Navidad incomoda y cuestiona tantas inercias contemporáneas.
Siempre he defendido una Navidad sobria, pero no fría; sencilla, pero no superficial; fiel a sus raíces y, precisamente por eso, capaz de dialogar con el presente. Cuidarla y transmitirla no es un gesto menor, sino un ejercicio de responsabilidad colectiva con nuestra historia.
En muchos pueblos y ciudades, la Navidad comienza cada vez antes. En otros, en cambio, no se adelanta ni se acelera: llega cuando tiene que llegar.
En muchos pueblos y ciudades, la Navidad comienza cada vez antes. En otros, en cambio, no se adelanta ni se acelera: llega cuando tiene que llegar. Aunque se prepara con tiempo y con respeto, se vive con una austeridad que no es pobreza. Son costumbres heredadas que no se mantienen por inercia, sino porque siguen teniendo sentido. No son folclore vacío ni simple nostalgia: son formas de pertenencia, de transmisión de valores y de reconocimiento mutuo.
Es también la Navidad de las tradiciones que nos han dado forma: los belenes, los villancicos, las celebraciones familiares, las costumbres locales que señalan un tiempo distinto en el calendario. No son meros elementos decorativos. Son símbolos cargados de significado que nos recuerdan quiénes somos.
Defender estas tradiciones es defender un modo de vida en el que lo común importa, en el que la memoria no estorba y en el que las celebraciones siguen siendo espacios de encuentro real. No es un gesto de resistencia al cambio, sino una forma de dar profundidad y coherencia al presente.
Navidad no significa imponer creencias ni excluir a nadie.
Defender esta Navidad no significa imponer creencias ni excluir a nadie. Significa reconocer su sentido profundo, respetar sus raíces cristianas —aunque a algunos les incomode escucharlo— y comprender que forman parte del patrimonio cultural, social y moral que compartimos. Una identidad que puede ser abierta y acogedora sin renunciar a aquello que le da consistencia.
Quizá, en un tiempo que tiende a convertirlo todo en espectáculo y consumo, defender esta Navidad sea, sencillamente, un acto de cuidado. Cuidar los ritmos, las palabras, los gestos y los silencios. Cuidar lo que nos precede para que no se pierda, y lo que viene para que tenga raíces. Porque solo una Navidad vivida con verdad —sencilla y compartida— puede seguir siendo, hoy y mañana, un lugar de encuentro, de sentido y de esperanza.
Y, desde ahí, que cada cual viva la Navidad a su manera, con libertad y sin imposiciones, pero que la viva de verdad. Que no pase de largo. Que no se diluya en el ruido ni se vacíe de sentido. Porque solo una Navidad vivida —sencilla y compartida— puede seguir siendo, hoy y mañana, un lugar de encuentro, de sentido y de esperanza.
Os deseo una muy feliz Navidad.
Miguel Aguirre Yanguas
Alcalde de Fitero












