Había una vez un niño muy tímido que se llamaba Marcos. Era un niño muy bajito que no le gustaba la Navidad. Tenía el pelo naranja y los ojos verdes. Solía llevar una camiseta del Real Madrid con unos pantalones cortos blancos. Era un niño muy amable pero cuando se enfadaba tenía muy mal genio.
Vivía en una humilde casa en el Polo Norte, al pie de unas enormes montañas nevadas, junto a un gigante lago congelado en el que su familia iba a pescar. Un día su familia fue a su casa para celebrar la Navidad. Como Marcos detestaba esta fiesta, y no quería que le vieran de mal genio, se fue al lago a pescar. Marcos no le dijo nada a nadie. Al ir a romper el hielo para poder pescar hizo el agujero demasiado grande y se cayó en las aguas congeladas.
Sus gritos ahogados, apenas llegaban hasta el salón de su casa. El jaleo que su familia montaba, no permitía oír sus gritos de auxilio. Sin embargo, sus familiares, quienes llevaban mucho tiempo sin verlo, se asustaron y comenzaron a buscarlo. Subieron a su cuarto pero se dieron cuenta de que no estaba en casa. El cuarto estaba normal, pero faltaba su equipo de pesca. Entonces, salieron a buscarle al lago y se encontraron su kit tirado junto a un agujero en el hielo. Todos se quedaron más helados que el propio lago.
Felizmente, su madre escuchó unos gritos a lo lejos. Era Marcos que estaba empapado con mucho frío. Al final fueron a casa y pudieron tener una Navidad feliz. Marcos prometió que nunca más se escaparía de casa.
6ºA
El genio del foco

Había una vez un niño de 11 años llamado Charlie Watterson. Era un chico normal y corriente al que le gustaba jugar y divertirse con otros niños, pero algo le diferenciaba: tenía una gran astucia e imaginación. Charlie vivía en una aldea del Polo Norte llamada Otón. Era un pueblo muy pequeñito con pocos habitantes. Vivía en una casa pequeña con su maravillosa familia formada por sus padres, su hermano y su perro. Un día el alcalde reunió a todos los habitantes en la plaza del pueblo y dijo: ”Necesitamos ideas para derretir la nieve y salvar los cultivos”.Mientras todo el mundo pensaba, Charlie ya estaba diseñando un plan. Al cabo de una hora fue a la plaza y les contó a todos su gran idea: ¡Crear un foco gigante!
Tras ser escuchado, todos los vecinos le aplaudieron y quisieron colaborar para fabricarlo. Trabajaron de sol a sol para su creación y una vez terminado, lo llevaron a la plaza del pueblo. Uno de los vecinos preguntó quién lo iba a llevar a lo alto de la colina y Charlie inmediatamente respondió que él se encargaría.
Se puso manos a la obra y lo transportó hasta la cima de la colina. De repente, se dió cuenta que no había donde enchufarlo. Entonces caminó, caminó y caminó durante varias horas para buscar una solución y tras una gran búsqueda se perdió. A pesar de estar agotado siguió buscando para salvar a su pueblo, pero no encontraba nada.
Cuando no lo esperaba, vió una cueva y decidió entrar hasta el fondo. Allí vió una puerta y muy despacio la abrió… ¡Era la fábrica de Papá Noel! Hacía mucho frío y Papá Noel se encontraba sentado al lado de una chimenea. Charlie no se lo podía creer y le preguntó si realmente era él. Papá Noel le respondió que sí y le ofreció un chocolate caliente. El niño estaba muy emocionado y como por arte de magia Papá Noél le señaló algo en la pared:
¡Era un enchufe!
Charlie al fin enchufó el foco y le preguntó si le podía llevar de vuelta a casa. Sin pensarlo dos veces volvieron juntos en trineo y mientras iban llegando notaron como todo el mundo tenía una sonrisa. Por fin la nieve había comenzado a derretirse y los cultivos pronto empezarían a crecer sanos.
Desde entonces todo el pueblo aprendió lo importante que es ponerle empeño a lo que hacemos y a pensar en los demás.
6B
A Mateo no le gusta la Navidad

Era una fría noche de diciembre en el pequeño pueblo de Valverde. Las luces parpadeaban en las ventanas y el aroma a chocolate caliente llenaba las calles. Mateo, un niño de diez años, observaba desde su casa cómo los demás decoraban sus árboles. Tenía el cabello oscuro, al igual que sus ojos y una sonrisa que pocas veces mostraba desde que su padre se marchó a trabajar lejos. Su hogar era sencillo, con paredes blancas y una chimenea que apenas se encendía por falta de leña.
A medida que se acercaba la Nochebuena Mateo se sentía más triste. Su madre trabajaba largas horas y él deseaba que ese año fuera diferente. Una tarde, al salir a caminar, encontró a un anciano sentado junto al camino temblando de frío. Sin pensarlo, Mateo le ofreció su bufanda y lo acompañó hasta una vieja cabaña abandonada, donde encendieron un pequeño fuego con ramas secas.
Esa noche mientras conversaban, el anciano le habló sobre la importancia de compartir y tener esperanza incluso en los momentos difíciles. Le contó historias de cuando el pueblo se reunía para celebrar juntos sin importar lo que tuvieran. Mateo comprendió que la Navidad no consistía en regalos, sino en el calor del corazón. Al amanecer, el anciano había desaparecido, dejando solo una campanita dorada sobre las cenizas.
Conmovido, Mateo regresó a casa. Más tarde, reunió a sus vecinos y juntos decoraron la plaza con luces y un gran árbol en el centro. Cantaron villancicos, compartieron chocolate caliente y risas hasta que el amanecer tiño de oro el cielo. En ese momento su madre llegó del trabajo, lo abrazó con ternura y se unió a la celebración. Entre las ramas del árbol brillaba la campanita dorada del anciano, sonando suavemente mientras el pueblo de Valverde despertaba con el verdadero espíritu de la navidad.
6ºA















