Inicio Opinión Manifiesto diletante, Juan Manuel García Albericio

Manifiesto diletante, Juan Manuel García Albericio

Para los que ya tenemos medio siglo y hemos cumplido el periplo de la separación, en palabras de Shakespeare; “aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna”, y mientras mantenemos nuestras obligaciones en torno a la crianza, aún nos queda por increíble que nos parezca tiempo para volver a salir. “Sí, y ved aquí el grande obstáculo” por seguir con Shakespeare. A quienes estamos en esto nos encontramos que el principal problema en una ciudad tan pequeña como Tudela es la brecha cultural entre generaciones.

Todo aquel (y aquella) que se encuentra en esta situación habitacional descubre al principio con verdadera sorpresa, luego con preocupación, una suerte de lenguaje más diferenciador que las llamadas lenguas propias que tan bien han sabido promocionar las comunidades vasca o catalana para hacer casi imposible el acceso a los bienes públicos a quien no se la apropie.

En nuestro caso, el estudio simple de la base gramatical, fónica, o de sintaxis nos dice que es la misma, por lo que aquello que en un principio tenía la pinta de ser un carril práctico de comunicación al poco descubres que tiene más parecido a un choque de trenes de dimensiones siderales. La resistencia es parecida a cuando intentas unir dos universos paralelos y compruebas que ofrecen la misma dificultad a juntarse que imanes del mismo polo magnético. El origen de estos males que nos cercan (Shakespeare de nuevo) parte de los veinte años de media que nos separan. ¿Qué hicimos nosotros en esos veinte años? Por lo general dimos comienzo y fin a la vida adulta; trabajo, pareja, coche, casa y niños, de un sitio al otro sin descanso, sin posibilidad de pensar donde estábamos; del trabajo a casa, de la pareja a los niños, de la casa a la pareja, de los niños al trabajo, por supuesto todo en el coche, con una cadencia circular y pensando que todo lo que hacíamos era racional.

En teoría de decisión, una derivada “particular” del teorema de Arrow establece lo siguiente; que cuando la pareja tienen tres o más alternativas, no es posible diseñar un sistema de decisión que permita reflejar las preferencias de la pareja de una forma racional. Claro que por racionalidad se quiere decir que las preferencias que la pareja tiene son transitivas, completas y reflexivas. Por lo tanto mientras permanecemos en este estado de las cosas, vivimos en un limbo temporal, un bucle del que se sale, estimo, de un modo natural cuando tienes unos sesenta y cinco años (hay gente que misteriosamente cumple este canon Hollywoodiano) o más traumático mediante una separación o divorcio. Para estos últimos, en los que me incluyo, el problema para el intercambio de información con otras generaciones es la brecha cultural, mucho más jodida que la salarial.

La vuelta a la vida social la haces desde tus referencias culturales, lo normal además es que en esos veinte años no has tenido tiempo de actualizarla, demasiado tiempo de aquí para allá, así que en cualquier tema en los que intervengo me fio de lo que sé, y me encuentro indefectiblemente con un silencio perturbador. Hace nada, este invierno, en una charla informal le recuerdo a una mujer que su jersey rosa me recordaba otro de mohair de color fucsia que llevaba Nastassja Kinski en Paris Texas. ¡Que puede decir! la película de Win Wenders no es una realidad palpable en el 2021, básicamente No existe. Explicar la película tampoco me hizo ningún bien… en estos tiempos de cancelación la temática es difícil y entraña algunos inconvenientes de hegemonía ideológica, como cualquier película de Woddy Allen y no digamos la última de Román Polanski. Pero sin ir tan lejos, la preciosa trilogía de Krzysztof Kieslowski plantea los mismos interrogantes para estas nuevas generaciones que la lectura de la Montaña Mágica me plantea a mí. El caso es que lo que en nosotros influyó como arte, en esa modalidad de juntar valores y estética, ha pasado al mundo del consumo sin trasladar lo que podemos llamar la etimología del origen, esa chica del jersey, llevaba un artículo que bebía culturalmente de la película de Win Wenders, pero ella ni lo sabía, ni tenía ganas de saberlo.

De lo demás no hablaremos, es difícil leer a Cernuda o a Rosillo, saber del homenaje de Nanni Moretti a Pier Paolo Passolini con la música del The Köln Concert de Keith Jarrett, con veinte, treinta o cuarenta años, tampoco lo hacemos muchos, ni tenemos que hacerlo igual a los cincuenta. Pero tampoco es esto lo mejor, la magia ocurre cuando “sus referencias culturales” son tan maravillosas como lo son las tuyas, por ejemplo como cuando ella me descubrió a Zenet hace escasamente una semana. (Me quede mudo, ni se me ha ocurrido preguntar si aún quedaban entradas)

Y la verdad de todo esto es que no hay caminos intransitables, ni puentes imposibles, lo que quizá no tenemos es mucho tiempo o ganas o paciencia de hablar y de escuchar, vamos por las calles con nuestro escudo y lo hace dificil. Pero como un día dijo el poeta Halley:

«Si las palabras se atraen / Que se unan entre ellas / Y a brillar / Que son dos sílabas».

P.D. últimamente escucho tanto a Love of Lesbian que empiezo a hablar como ellos, sorry.

Juan Manuel García Albericio