zaldiko
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Durante doce años ha dado vida a uno de los personajes más travieso de las fiestas de Tudela, aunque su historia con la Comparsa de Gigantes y Cabezudos comenzó hace más de cuatro décadas. Ahora que los problemas de espalda le obligan a dejar el zaldiko, repasa todo lo que hay detrás de una figura que, para él, nunca estuvo hecha para dar miedo, sino para enseñar a disfrutar de la fiesta, junto a gigantes y cabezudos.

«Yo hacía pedagogía», explica Juan R. Sainz. «El niño piensa que le voy a hacer daño. Yo le digo a la abuela: «Déjale, que venga». Cuando ve que no le hago nada, entonces disfruta muchísimo. Pero si no se acerca, nunca descubre que el zaldiko no da miedo».

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Esa ha sido siempre su manera de entender uno de los personajes más emblemáticos de las fiestas de Tudela. No como alguien que persigue niños para hacerles llorar, sino como quien les ayuda a vencer un miedo que dura apenas unos segundos y termina convirtiéndose en una de esas historias que luego recuerdan durante años.

No es casualidad que una vecina de Tafalla llegara a escribir en un periódico que nunca había conocido «un zaldiko tan pedagógico como el de Tudela». Sainz guarda ese recuerdo con especial cariño porque resume exactamente lo que buscaba cada vez que se enfundaba el traje.

Claro que también había espacio para las bromas.

A los más pequeños apenas los rozaba. A los mayores les daba un poco más de juego. Y si aparecía un niño con la camiseta del Real Madrid, la escena era casi obligada.

«¡Pero del Madrid! ¡A los del Madrid es a los que más les doy!», les decía entre risas antes de seguir el recorrido.

Mucho antes del zaldiko

Aunque muchos tudelanos lo identifiquen únicamente con este personaje, la historia de Juan R. Sainz con las fiestas comenzó mucho antes.

Este año se cumplen cuarenta años desde la creación de la Comparsa de Gigantes y Cabezudos de Tudela, una aventura de la que formó parte desde sus inicios. Antes había sido gaitero —cumple 45 años desde su primera procesión de Santa Ana—, porteador de gigantes, dantzari, profesor de danzas y promotor de numerosos proyectos relacionados con la cultura popular. «He dedicado mi vida pública al festejo», resume.

Por eso reconoce que dejar el zaldiko ha sido una de las decisiones más difíciles que ha tenido que tomar. No porque le falten ganas, sino porque la espalda ha dicho basta.

«Mi traumatólogo me dijo: «Hasta aquí». Y cuando te lo dice alguien en quien confías plenamente, no queda otra que hacerle caso.»

Un traje que cuenta la historia de Tudela

Pocos saben que el zaldiko actual tampoco nació por casualidad. En 2014, al comprobar el deterioro del antiguo caballo, Sainz decidió regalar a la ciudad uno nuevo, realizado por el artesano pamplonés Aitor Calleja, junto con toda su indumentaria.

Pero aquel faldón no era simplemente una pieza decorativa. Diseñado junto al historiador y gran conocedor del patrimonio Jesús Pomares, esconde un pequeño recorrido por la historia de Tudela. Los escudos que lo adornan recuerdan a Santa Ana la Vieja, a San Pedro ad Víncula —patrón de la ciudad cuando se construyó la Catedral—, al escudo de Tudela y al antiguo escudo del Reino de Navarra que, como le gusta recordar, «aparece por primera vez en los capiteles de la Catedral de Tudela».

«Queríamos hacer un homenaje a la Catedral porque durante siglos fue el centro de la vida de la ciudad. La cultura popular también nace de ahí.»

Quizá la mayoría de quienes contemplan al zaldiko correr por las calles nunca reparen en esos detalles, pero para Sainz forman parte del alma del personaje.

La fiesta la hacen las personas

Durante su despedida también lanzó una reflexión que va mucho más allá del zaldiko. Recordó cómo hace una década las asociaciones culturales tuvieron que adaptarse a un modelo que las obligó a funcionar como empresas para poder seguir colaborando con las administraciones.

Una idea que sigue rechazando. «La gente que hemos estado aquí hemos puesto mucho más de lo que hemos recibido. Si dejamos que la cultura popular quede en manos de empresas, acabará siendo cualquier cosa menos el orgullo de un pueblo.»

Quizá por eso siempre habla de las fiestas como algo colectivo. Agradece el trabajo de los concejales de Festejos con los que ha coincidido durante cuarenta años, recuerda a los compañeros que ya no están y reivindica el papel de quienes, de forma anónima, hacen posible que la comparsa siga saliendo cada verano.

El hombre se baja, el zaldiko continúa

El año pasado, sus problemas de espalda ya le impidieron dar vida al zaldiko. Y este año, definitivamente, la figura del caballo recorrerá las calles de Tudela sin Juan R. Sainz bajo el faldón.

Juan Saínz, sin embargo, seguirá donde ha estado siempre. «Nunca voy a dejar la Comparsa. Seguiré estando para lo que se me necesite.»

No volverá a correr detrás de los niños ni a gastar bromas con los pañuelos o las camisetas de fútbol. Pero sí seguirá contando la historia de los gigantes a quienes quieran escucharla, asesorando cuando haga falta y recordando que las fiestas son mucho más que un programa de actos.

Porque, al final, quizá la mayor enseñanza que ha dejado durante estos años no sea cómo se maneja un zaldiko, sino cómo se entiende una tradición.

«La fiesta debe seguir. No para nunca, ni debe parar.» Y eso, seguramente, también es hacer pedagogía.

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