Alumnos de Lectura Creativa de 1º de la ESO
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Estaba solo vagando por el bosque en busca de comida. En esos momentos estaba desesperado; cualquier cosa me valdría. Abuela había muerto, mi madre… no sé qué le pasó… Estaban discutiendo, padre estaba iracundo, me echaron de casa a gritos y cuando volví… madre ya no estaba. Desde entonces, padre decidió que era una buena idea que un niño de ocho años se ocupara de alimentar y mantenernos a los dos. Yo sabía que si volvía con las manos vacías… eso no era bueno, ni un día de Nochevieja. Al no encontrar nada en el bosque decidí ver si en el pueblo alguien me daba algo.

Llegué al pueblo cansado pero me alegró el alma ver al cuentacuentos. El hombre narraba con emoción la historia del nacimiento del niño Jesús; contaba cómo los tres Reyes Magos se guiaban por una estrella y así encontraban el camino a Belén. Cuando terminó la historia, el viejo cuentacuentos se acercó hacia mí y me entregó todo el dinero que había conseguido. Yo intenté devolverlo pero él no me lo permitió y mientras negaba con la cabeza dijo: “ Tú lo necesitas más que yo”, y dicho eso se fue.

Yo, ahora algo más feliz con la esperanza de que padre no se enfadara ya que había conseguido dinero, partí rumbo hacia casa de padre.

Cuando apenas me faltaban dos pasos para alcanzar la puerta, escuche a padre gritándome con esa voz de borracho suya que tantas veces había oído y luego le dio una patada a la puerta y empezó a correr hacia mí. Salí corriendo con todo lo que tenía y sin darme cuenta me fui adentrando poco a poco en el oscuro bosque, que estaba únicamente iluminado por la luz de las estrellas. Y así empecé a calmarme. Fue entonces cuando me di cuenta de lo cansado, hambriento y aterido que estaba, pero no sabía dónde estaba, así que no podía volver al pueblo.

Ya desesperado, recordé el cuento y cómo los Reyes Magos encontraban el camino guiándose por una estrella; entonces pensé: “Ya no tengo nada que perder”, así que escogí una estrella, una que era grande y luminosa, y me dejé guiar por ella. Las horas pasaron y de repente lo vi a lo lejos pero lo vi; un viejo establo con luz dentro. Dudé si era una alucinación por el frío y el hambre pero ya daba igual. Eché a correr; aunque me fallaban las piernas eso ahora ya no importaba. Al entrar en el establo, una extraña pero dulce calidez me invadió, en ese momento todo desapareció; el miedo, las dudas, el hambre, el frío… me tumbé, cerré los ojos y por primera vez en mucho tiempo sentí paz.

Naia Barrero. 1º ESO

El niño palestino y la Navidad

Hoy os voy a contar una historia sobre un niño de Palestina. Ese niño se llamaba Ahmed, era moreno, guapo, muy inteligente y tenía ocho años. Al haber guerra en Palestina, por la pobreza, estaba muy delgadito. Sus padres habían muerto. Era vagabundo, vestía con harapos y dormía cada noche donde podía, en un lugar diferente.

Un día escuchó un rumor: dijeron que si marchaba a otra ciudad, le darían comida y podría ser refugiado. Al día siguiente, después de caminar toda la noche, llegó a ese lugar y se encontró a uno de los Reyes Magos, Melchor, que le dijo: “Ven conmigo, te daré comida y amparo”.

En vez de quedarse en aquella ciudad, se lo llevó a Oriente con los otros Reyes Magos. Esa misma noche, tenían que ir por el mundo repartiendo regalos y le invitaron a que los acompañase, lo subieron a un camello, abrieron un portal y, siguiendo una estrella, se trasladaron hasta Francia, donde repartieron un montón de regalos, y luego a Italia, y así hasta recorrer todo el mundo. Al final de esa fantástica noche, quedaba un solo regalo pero no estaba envuelto en papel: era para Álvaro y para miles de personas… La guerra había acabado: ese era su regalo.

Mario Antón. 1º ESO