Domingo Alberto Martínez Martín, Elena García Barca y Patricia Fernández Sierra se han alzado con los premios del XXIV Concurso de Microrrelatos de Tudela, en un acto celebrado en la Casa del Almirante dentro de la programación del Día del Libro.
Icíar Les, concejala de cultura, ha dirigido el acto acompañada de Rafael Rodríguez y Elías Marchite, miembros del Grupo literario Traslapuente y representantes del jurado del certamen.
Nunca pierdas la sonrisa, de Domingo Alberto Martínez Martín; Cifras, de Elena García Barca y La fecha, de Patricia Fernández Sierra, han sido los tres ganadores de la nueva edición y han obtenido un premio de 200 € cada uno.
El jurado, formado por seis miembros del grupo literario Traslapuente, seleccionó diez microrrelatos finalistas de entre los veintiocho trabajos presentados este año. Los finalistas se publicaron el pasado 9 de abril en el perfil de Tudela-Cultura de Facebook y desde entonces hasta hoy a las 13:30 h., estos relatos han sido votados través de este medio para obtener uno de los tres premios del concurso. Los otros dos premios los concede el jurado. En esta ocasión, el relato más votado en la red social ha coincidido con el favorito del jurado: Nunca pierdas la sonrisa, de Domingo Alberto Martínez Martín.
Tras la lectura de los relatos finalistas y la entrega de premios, Icíar Les ha querido destacar la colaboración del grupo literario Traslapuente en este concurso de microrrelatos. También ha agradecido la participación en el concurso y en el acto de entrega de premios y ha querido subrayar la disposición y el trabajo de las librerías de Tudela “Letras a la Taza”, “Santos Ochoa” y “Arco Iris”, que han participado en la celebración del Día del libro colocando sus puestos de venta en la Plaza de los Fueros durante toda la jornada.
Por último, la concejala ha señalado que durante varios días más se podrá disfrutar en la calle Gaztambide – Carrera del “Sendero de palabras”, unos vinilos colocados en el suelo en los que se pueden leer una recopilación de frases célebres de la literatura nacional e internacional. Además, Icíar Les ha explicado que, dentro de los actos de celebración del Día del libro también ha tenido lugar la “fiesta de la lectura” en el Museo Muñoz Sola y el “rincón de intercambio de libros” en el Museo y la Casa del Almirante.
Relatos ganadores:
Nunca pierdas la sonrisa, de Domingo Alberto Martínez Martín
Había sido doloroso. Largo y, sobre todo, muy doloroso. ¿Cuántas veces no le habían clavado una aguja en las encías? Era entrar por la puerta, notar el olor a desinfectante y ponerse a temblar. El corazón se le aceleraba en cuanto oía el ¡bzzzzzzzzzzz! del torno. ¡Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, aquel gañido estridente que le hacía revolverse en el asiento. Y aún era peor cuando se lo encajaban en la boca: el ¡zzzzrrrrrrrr! al hurgar en una muela. El sabor metálico de la sangre en la garganta y el suc-suc del aspirador de saliva a los lados, detrás de la lengua. ¡Fruuuuuuuu!, ¡ay, que se ahogaba!
Y encima la factura, claro. Solo de acordarse, se ponía malo.
Tenía que llamar al oculista. Últimamente no veía tres en un burro, sobre todo de lejos. Pero para eso, ya habría tiempo. Ahora, como decía la servilleta del bar: «El mundo es una manzana, ¡pégale un mordisco!» —Es lo que pensaba hacer—. «Nunca pierdas la sonrisa». Y sonriendo, fue a cruzar la avenida con el semáforo en rojo.
Cuando venía el autobús.
Cifras, de Elena García Barca
Desnuda. Asomándose a un futuro incómodamente presente, con la punta del dedo gordo tanteando, en código morse, el cristal bajo sus pies, buscaba el valor para lanzarse a lo que sentía como un abismo. Encontró el impulso que necesitaba con una de Bad Bunny: bendita banalidad balsámica. Nada de blues ni canciones profundas, ahora no. Mejor algo cuya contaminación ecoica no le abriera más duelos. 23 de abril. No era un día distinto. Simplemente, la concatenación del caos sostenido necesitaba un desenlace. En cifras. Sin anestesia. Duro de encajar. Ella, siendo tan de letras, siempre había sentido cierta urticaria por los números.
“Mierda”, susurró con incredulidad, clavando los ojos en los dígitos hasta casi hacerlos ruborizar. Llevaba tiempo evitando esa conversación con la báscula, pero tocaba arriar velas y afrontar la galerna que estaba a punto de arrasar su autoestima: pesaban los kilos. Pero lo aprendido sobre ser gorda, aplastaba. Sísifo y su maldita piedra. Aquel “¿por qué no te pinchas?” gratuito de la señora sincericida volvió sin pedir permiso. Y tuvo que llorar el naufragio, pero, como todo, pasó. Y desde ese lugar tan pequeño, se dejó llevar y bailó lo que sonara, torpe si hacía falta, ocupando espacio, sabiendo que el viaje sería difícil, que las miradas inquisitorias seguirían, y que, cuando la suya lo fuera también, se perdonaría. Y seguiría. Bailando.
La fecha, de Patricia Fernández Sierra
Cuando la policía nos dio la noticia esta mañana, me pareció estar viviendo una pesadilla. De hecho, todavía no doy crédito. La señora de la limpieza les había entregado una nota dentro de una bolsa, envasada al vacío. Decía así:
Queridos hijos:
Os pido disculpas por la brevedad de esta nota de despedida, pero no me queda tiempo. Habéis sido mi mejor obra. No podía haber tenido una vida mejor. Sé que vuestro padre os amará y os cuidará tanto como yo lo he hecho hasta hoy.
He cometido un error de tal magnitud que he entregado mi vida a este invento. Cuando mi madre me regaló esta máquina de envasar al vacío, me sentí muy ilusionada. Mi sorpresa aumentó al ver que tenía un dispositivo que marcaba la fecha de caducidad a los alimentos. Entonces se me ocurrió una dantesca idea, que pondría fin a mi dicha y a mi vida: Podía envasarme al vacío y de este modo sabría la fecha de mi muerte. Así lo hice.
Al ver la caducidad, he descubierto horrorizada que me quedan diez minutos de vida.












