Si alguien se asoma a las insociales redes, llamadas eufemísticamente “redes sociales”, sobre todo en las de temática política, podrá comprobar que una de las palabras más utilizadas es la palabra “presunción” y sus derivados. Sobre todo por ese tipo de usuarios dogmáticos, adictos a una única y extrema ideología, pesebreros de poderes fácticos o insultadores profesionales.
Es la palabra comodín para quienes no tienen pruebas de lo que dicen, dados a invenciones positivas o negativas en función de su ideología. De modo que esos usuarios pueden llamar asesinos o dictadores o proferir cualquier insulto barriobajero o atribuir las más deleznables fechorías a quienes deseen, siempre que antepongan el adjetivo “presunto”, pues así se evita cualquier posible denuncia.
De este modo, en la práctica, la “presunción de culpabilidad” ha ido ganando terreno a la “presunción de inocencia”, más ajustada a Derecho. Presunciones que no tienen límites éticos y que destilan odio, polarizando la sociedad de tal forma, que resulta imposible encontrar entre los usuarios un punto medio que lleve a una cierta concordia entre las personas.
No es de extrañar que en ciertos ámbitos, sobre todo amistosos o familiares, se llegue a acuerdos para no hablar de temas políticos, pues la ideología visceral se impone al razonamiento sosegado, y los prejuicios interesados a la más elemental objetividad.
Al final nos encontramos con un manifiesto deterioro de los valores más básicos para construir una sociedad más justa, respetuosa, dialogante y solidaria que constituye la base de la convivencia. De modo que tenemos la sensación de que este beligerante presente nos aboca a un futuro desesperanzador.







