Esta es la historia sobre un niño que, de un día para otro, desapareció, pero bueno, vamos a empezar desde el principio: A un niño llamado Luka unas Navidades Papá Noel le trajo cinco bolsas de carbón porque se había portado muy mal y el pobre Luka empezó a llorar, ya que le habían traído ese carbón. Su madre le dijo que, si el año que viene se portaba mucho mejor, Papá Noel le iba a traer muchos regalos. Tal como le dijo su madre se cumplió y Luka empezó a portarse súper bien. Hizo una lista para que cada mes del año cumpliera una acción:
Enero: Ayudar a todas las personas mayores.
Febrero: No contestar a mis padres.
Marzo: Decir siempre gracias y por favor.
Abril: No suspender ni un examen.
Mayo: Hacer la tarea justo después de comer.
Junio: Gratificar a todo el mundo que me ayude.
Julio: Ir todos los días a misa.
Agosto: No decir palabrotas (NI EN FIESTAS.)
Septiembre: No ver la tele.
Octubre: Utilizar mi móvil solo el fin de semana.
Noviembre: Sacar en las notas finales todo sobresaliente.
Diciembre: Portarme bien hasta el día de Nochebuena.
Y tal como lo escribió lo cumplió con mucho esfuerzo, pero lo consiguió, que es lo importante. El veinticuatro de diciembre se llevó una gran sorpresa, ya que en vez de miles de regalos debajo de su árbol de Navidad encontró una nota que decía: “Querido Luka soy Papá Noel, te advierto de que a partir de mañana algo muy bueno va a pasar en tu vida..”
Al día siguiente Luka no estaba en su casa. ¡Había desaparecido! Cuando Luka se levantó, no estaba en su cama: estaba sobre un reno y, además, se había convertido en un…¡ELFO! Luka se hizo tan amigo de Papá Noel que, desde entonces, lo acompaña a repartir los regalos. Así que cuando veas un reno y dos personas, ya sabes, una es Papá Noel y la otra, Luka.
Hugo Recarte Orta, 1º ESO B
El Belén desunido

El diciembre pasado, Maialen tenía una misión mucho más difícil que envolver los regalos de Navidad de toda su familia; ella tenía que reunir a todos sus miembros para poder montar el belén. No era un belén cualquiera, ya que era el que llevaba perteneciendo a su familia desde sus antepasados. Estaba formado por figuritas de barro pintadas, un río con papel de plata y un portalcito pequeñito que aguardaba las figuras principales.
El problema vino cuando se dio cuenta que, dos años atrás, cada familiar había guardado una pieza, para así volverse a juntar para esas fechas y reencontrarse después del año entero.
Ese año había sido diferente, después del fallecimiento de uno de los primos, la familia había dejado de hablarse, y solo había silencio entre ellos. Maialen estaba nerviosa, al ver que la fecha se iba acercando y nadie hablaba del tema.
De esta manera, el buey y la mula estaban en Pamplona, el niño Jesús estaba con los tíos en Estella, el ángel se había quedado en Tudela y los tres Reyes Magos los tenía ella en Murchante.
Maialen, muy enfadada, decidió dar un paso al frente y hacer un grupo de Whatsapp, incluyendo a todos los integrantes de la familia; de tal manera que ella al mandar el mensaje, cada uno después de leerlo decidiera cuál era su respuesta. Tenía miedo de hacer frente a esa situación, ya que las respuestas podían ser en parte negativas.
Para su sorpresa, todos los familiares fueron uno a uno respondiendo de manera positiva; incluso el tío que más se había distanciado, Antonio, fue capaz de agradecerle todo su esfuerzo y valentía de haber dado el paso que nadie se atrevía a dar, pero que todos deseaban.
Fueron mirando fechas para poder coincidir antes de la gran noche del día 24, para así dejarlo hecho con tiempo. Como era de esperar, y ya que no todos vivían en el mismo lugar; no fue posible hasta esa noche cuando pudieron reunir todas las piezas y poder montar el belén al completo.
Aquí no se acaba todo, porque el regalo más bonito fue por parte de Maialen, que sorprendió a toda la familia. Ella misma había creado una figurita de barro, en memoria de su primo, recientemente fallecido.
Toda la familia se unió en un fuerte abrazo y pudieron pasar las navidades más familiares que jamás hubieran imaginado.
Maialen Nocedal 2º ESO H
La luz del balcón

Eran las 14:10, y como cada día, Lara caminaba cabizbaja por la calle de regreso del instituto. El aire estaba frío, y el cielo cubierto de nubes grises. Su mochila pesaba, no tanto por los libros, sino por el cansancio que arrastraba desde hacía tiempo.
Al llegar al portal, subió las escaleras lentamente, con ese silencio que solo se rompe por los pasos y el eco que no deja de sonar por sus pensamientos. Abrió la puerta de casa y dejó caer la mochila junto al sofá. En la cocina, sobre la encimera, había una nota escrita con la letra apurada de su madre:
-“Hola, cariño. Hoy también tengo turno de tarde y noche en el hospital. Hazte unos macarrones y no te olvides de colgar la ropa. Te quiero.”
Lara suspiró. Doblando la nota con cuidado, la pegó en la nevera junto a otras parecidas: cada una con un “te quiero” al final, como si su madre intentara llenar con esas palabras los huecos que dejaban sus ausencias.
Encendió la cocina, hirvió el agua y preparó los macarrones. Comió en silencio, mirando el vapor subir del plato mientras el reloj del salón sonaba con un tic-tac. Cuando terminó, fue al sofá y miró por la ventana. Afuera, el barrio ya empezaba a tener ambiente con luces de colores y adornos navideños. En los balcones de los vecinos había guirnaldas, renos, y árboles que brillaban al compás de canciones que apenas se oían desde la calle.
Lara sintió un nudo en la garganta. Aquella época solía ser su favorita: antes era la primera en montar el árbol, en hacer el belén, en escribir la carta a Papá Noel…
Pero eso cambió. Cambió cuando su padre se fue sin mirar atrás. Cuando las risas del instituto se volvieron burlas. Cuando su perrita murió. Y cuando su madre empezó a pasar más tiempo en el hospital que en casa.
Desde entonces, Lara dejó de sonreír. Todo lo hacía por inercia: comer, estudiar, dormir. Su refugio era su habitación, donde pasaba las tardes viendo series hasta que el sueño la vencía.
Aquella tarde, después de comer, recordó la nota de su madre y fue a colgar la ropa al balcón. El aire estaba helado. Mientras tendía las prendas, su mirada se perdió entre las ventanas de enfrente. Fue entonces cuando la vio: una pequeña luz azul que parpadeaba débilmente, casi escondida entre las cortinas.
No sabía por qué, pero aquella luz la hipnotizó. Había algo en ella, una calma extraña, como si le hablara en silencio.
Esa noche, antes de dormir, pensó en la luz. Y al día siguiente, y al otro. Cada tarde salía al balcón solo para verla. Era su pequeño secreto, algo diminuto pero constante en medio de su rutina vacía.
Hasta que un día, al salir, la luz ya no estaba encendida. Se quedó quieta, mirando el lugar donde antes brillaba, sintiendo cómo algo dentro de ella se apagaba también. Era absurdo – se decía – encariñarse con una luz, pero en el fondo sabía que le había dado un motivo para mirar al cielo en vez de al suelo.
Esa noche, escribió una nota con su letra insegura y la pegó en la puerta del piso de enfrente: “Qué pena que hayas apagado la luz. Me gustaba verla.”
No esperaba respuesta. Pero al día siguiente, cuando volvió de comprar pan, vio un papel doblado en su puerta. Tenía una letra temblorosa: “Pensé que no le importaba a nadie.”
Lara se quedó mirando aquellas palabras una y otra vez. Entró en casa y, al asomarse al balcón, vio que la luz azul volvía a parpadear.
Por primera vez en mucho tiempo, se le escapó una sonrisa sincera.
La noche del 24, su madre tenía guardia en el hospital. Lara descongeló una pizza, la cortó en trozos y se sentó en el balcón, envuelta en una manta. Desde allí podía ver las luces de los vecinos, las risas, los villancicos, los abrazos. Ella imaginó cómo sería estar en una mesa llena, reírse sin forzar la sonrisa, sentir que pertenecía a algo.
Y entre todas las luces, buscó la suya: la luz azul, su pequeña compañera silenciosa. No sabía por qué, pero esa noche le daba paz. Quizás, pensó, la Navidad no se trataba de tenerlo todo, sino de encontrar algo que te hiciera sentir acompañada.
Se fue a dormir tarde, con el corazón más tranquilo y la sensación de que esa luz, de alguna manera, también la había elegido a ella.
Al día siguiente, se armó de valor y subió al piso de enfrente. Llevaba en las manos una pequeña caja de galletas que había horneado por la mañana. Llamó a la puerta. Tardó unos segundos en abrir, y apareció una señora mayor, de unos setenta años. Tenía el pelo gris recogido en un moño, los ojos hinchados y una bata de casa.
– Hola… – dijo Lara, algo nerviosa -. Soy la vecina que te escribió la nota. La mujer sonrió con ternura.
– Hola, bonita. Me alegró mucho verla. Esa luz… era de mi nieto. Él y mi hijo murieron en un accidente de coche hace unos años. Desde entonces nunca la volví a encender. Lara bajó la mirada, sin saber qué decir.
– Pero cuando vi tu nota pensé que a mi nieto le habría gustado que siguiera brillando. Él adoraba la Navidad, llenaba la casa de luces azules.
La voz se le quebró. Lara la abrazó sin pensarlo, y las dos se quedaron así un rato, en silencio, compartiendo lágrimas que decían más que cualquier palabra.
Esa noche, al volver a su casa, Lara se asomó al balcón. La luz azul seguía parpadeando, pero ahora, junto a ella, había una guirnalda nueva colgada en la barandilla.
El frío del invierno ya no se sentía tan duro.
Y mientras las luces de todo el edificio brillaban, Lara comprendió que cada una tenía su propia historia, su propio dolor, su propia forma de seguir brillando.
Desde entonces, ya no cuenta las luces para distraerse.
Ahora lo hace porque sabe que detrás de cada una, hay alguien resistiendo a la oscuridad.
Itziar Sarría, 4º ESO D















