Inicio Opinión Un día de juina, por Pedro J. Soto Santos

Un día de juina, por Pedro J. Soto Santos

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Había mañanas de escuela que comenzaban con un pequeño acuerdo silencioso entre amigos. No hacían falta muchas palabras: bastaba una mirada cómplice para decidir que aquel día tomaría otro rumbo. En los pueblos de la Ribera a eso lo llamaban juina. Dicho en términos más académicos: no ir a la escuela ese día.

El plan se decidía temprano, casi siempre cuando el calendario anunciaba un examen poco prometedor. Después venía la logística: bicicletas en marcha y rumbo a los huertos, a la laguna de Lor o a cualquier camino entre acequias y ribazos, lugares discretos donde dejar pasar la mañana.

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Junto a la laguna el tiempo corría despacio: alguna piedra saltando sobre el agua, bicicletas apoyadas en el ribazo y conversaciones que, a aquella edad, parecían de enorme importancia. Todo mientras se vigilaba el camino por si aparecía algún vecino madrugador dispuesto a convertirse después en cronista involuntario del pueblo.

Aquellas pequeñas conspiraciones tenían además una ventaja hoy inimaginable: no existían avisos inmediatos del tutor ni mensajes al móvil para los padres. Si la noticia de la ausencia llegaba a casa, solía hacerlo muchas horas después.

En una de aquellas mañanas la cuadrilla pasó el rato tan tranquila junto a la laguna de Lor, convencida de haber organizado la escapada perfecta. Al día siguiente regresaron a clase procurando mostrar la mayor naturalidad posible.

La lección avanzaba con calma hasta que el maestro se detuvo un momento, miró hacia uno de ellos y preguntó con aparente inocencia:

— ¿No te gustó el regalo que repartimos ayer? Lo digo porque veo que hoy no lo estás usando.

Hubo un breve silencio en el aula. No hacía falta añadir nada más.

Aquel día quedó claro que, a veces, el único momento en que conviene ir a clase… es precisamente cuando alguien decide hacer juina.

PEDRO J. SOTO SANTOS

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