Noemí Rodríguez Santos, organizadora del Festival El Gallinero de Cabanillas 2026
Raquel Paz, alcaldesa de Cabanillas, y Noemí Rodríguez, coordinadora del certamen El Gallinero
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El Gallinero vuelve a revolucionar Cabanillas del 4 al 6 de septiembre. Siete ediciones después de levantar el telón por primera vez, el festival de teatro alternativo de Cabanillas mantiene la filosofía con la que nació de la mano de Noemí Rodríguez Santos, acercar al medio rural lenguajes escénicos alejados de los circuitos convencionales, eliminar la barrera entre artistas y espectadores y convertir la calle en el mejor de los escenarios.

Rodríguez reconoce que nunca tuvo la certeza de que aquel primer proyecto fuera a llegar tan lejos. La ilusión inicial ha convivido con las dificultades, el trabajo de organización y otras dudas, pero también con una respuesta creciente del público. En esta entrevista habla de esa trayectoria, de cómo selecciona las obras, de por qué considera imprescindible que el teatro deje preguntas después de bajar el telón y de una de las señas de identidad del festival, conseguir que durante un fin de semana los artistas sean casi unos vecinos más de Cabanillas.

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El Gallinero alcanza ya su séptima edición. ¿Imaginabas que seguiría vivo años después?

No lo pensaba. Cuando haces un proyecto la ilusión siempre te ciega un poco. Van pasando años, viendo dificultades, superando necesidades. Nunca se sabe. Pero sí, aquí estamos.

¿Qué queda de aquel primer Gallinero?

Creo que conserva la esencia del principio. Eso no se ha ido. Al principio quizá era más valiente al programar porque era más inconsciente y traía cosas más arriesgadas. Ahora, dentro del riesgo, intento que sean un poco más comedidas. Pero la esencia sigue siendo tenerlo en la calle y que sea un teatro alternativo, distinto del habitual. No porque rechacemos el teatro convencional, sino porque hay millones de maneras de hacer teatro y está bien poder ampliar los lenguajes que vemos.

Definís el festival como un teatro «sin filtros, sin elitismos, en la calle, en crudo». ¿Qué significa para ti?

Si a una obra le quitas la decoración, la iluminación y todos los adornos pero el mensaje sigue existiendo, es digna de este festival. Lo prioritario es que haya una buena interpretación, una buena dramaturgia y un mensaje detrás.

No buscamos solo entretenimiento puro y duro, que está muy bien, sino entretenimiento con un compromiso social, con algo que cale y que cuando vuelvas a casa todavía te haga pensar y le des unas vueltas a lo que has visto.

¿Por qué llevar todo eso precisamente a Cabanillas?

Porque en las ciudades ya existe. Yo llevaba desde los 18 años fuera, viviendo en Madrid, y un día miras alrededor y piensas «esto en mi pueblo no está, y en los pueblos de alrededor tampoco». ¿Por qué no traer las cosas de la ciudad al pueblo? ¿Por qué tiene que ser siempre el pueblo el que migre a la ciudad para comprar, para vivir o para trabajar? El trayecto es el mismo en un sentido y el otro.

¿Cómo eliges las compañías que llegan cada edición?

Abrimos una convocatoria y las compañías mandan sus propuestas. Si me enganchan durante los primeros veinte minutos, empiezo a estar atenta y a descubrir cosas que me interesan.

También busco ese «menos es más». Por ejemplo, este año hay una propuesta sobre la vivienda en la que una actriz utiliza cuatro cajas de cartón y con ellas te construye un edificio o un barco. Es como cuando éramos pequeños y te daban una caja de zapatos y terminabas jugando más con la caja que con todos tus juguetes. La imaginación no hay que perderla nunca.

¿Buscas deliberadamente formatos que el público quizá no elegiría por sí mismo?

Sí, sobre todo formatos no convencionales. El teatro alternativo suele hablar de temas con compromiso social, acercarse mucho al público y salir también de los espacios habituales. Se actúa en un sótano, en lugares que no serían un teatro convencional… y la calle es también un teatro no convencional.

Ahora estamos muy recluidos en casa, viendo Netflix o mirando una pantalla. Me parece importante que la calle vuelva a estar en ebullición. Las calles no tienen que estar vacías, tienen que estar llenas.

También defiendes un teatro que plantee cuestiones incómodas.

Creo que es necesario plantearnos determinadas temáticas que están sucediendo en el mundo. Está claro que la ignorancia puede dar felicidad, no te lo voy a negar, pero el saber no ocupa lugar.

Hay que ser conscientes y recuperar la capacidad de argumentar y debatir sin tener que pelearnos. Con los móviles parece que se nos ha olvidado hablar uno frente al otro. Nos escondemos detrás de una pantalla y ahí todos somos muy valientes.

El teatro puede poner algo delante de ti de forma creativa y constructiva. Las obras que traemos no te dicen «esto es así y esto no», sino que te plantean algo y luego tú, como espectador, decides. El teatro sirve para despertar conciencia. Esto ya lo hacía el teatro griego.

Después de siete ediciones, ¿notas que Cabanillas ya espera El Gallinero?

Sí. Como siempre lo hacemos el primer fin de semana de septiembre, parece que ya se ha quedado instaurado. Es ese momento justo antes de empezar los colegios y de volver del todo a la rutina. Te viene un poco el bajón de acabar las vacaciones, pero todavía piensas «Llega el Gallinero, aún me queda algo que rascar».

Una compañía llega a una plaza y empieza la función. ¿Pero cuánto trabajo hay detrás?

Este año empecé en marzo. Y luego está todo lo que queda después de una edición: recopilar las fotografías, preparar las redes, recordar lo que pasó… Cuando termina el festival suelo volver a trabajar a Madrid y acabo bastante sobrepasada. Necesito tiempo hasta volver a coger todo el material del año anterior y empezar otra vez. Pero el año que hay edición, normalmente el trabajo fuerte comienza en marzo.

¿Es difícil convencer a las compañías para actuar en la calle?

Recibimos muchísimas propuestas, así que por ese lado no. Luego tienen que poder ese fin de semana y aparecen otras dificultades. Hay compañías que se niegan a actuar por la tarde porque no tienen iluminación.

Yo entiendo que un actor pueda sentirse muy desnudo sin todos esos elementos. Pero eso también supone un reto. Al final, en la calle estás en crudo, estás desnudo. Y el propio teatro ya tiene algo de eso, porque no es como la televisión, no puedes cortar y repetir la toma. Es una función en única toma y tiene que salir.

Las representaciones siguen siendo gratuitas. ¿Por qué es importante?

Era muy importante porque el teatro que traíamos no era convencional ni, a priori, para todos los gustos. Había que facilitar el acceso. ¿Y qué puede ser más fácil que hacerlo gratuito y que además te lo encuentres en la puerta de tu casa? Es una manera de conseguir que la propuesta no se quede en saco roto.

Con tanto trabajo detrás, ¿qué hace que siga mereciendo la pena?

Siempre viene alguien, te lo valora y lo ves en sus ojos. Ves ese brillo de alguien que te dice, «has traído algo que, si no voy a Madrid o Barcelona, igual no veo».

Y los actores también lo valoran muchísimo. Nos hablan de cómo los ha tratado el pueblo, de la cercanía, de la amabilidad, de cómo el público está concentrado durante las funciones y después aplaude muchísimo. Esa valoración alimenta y te hace pensar que ha merecido la pena.

¿Hay alguna obra de esta edición que destacarías especialmente?

No sabría elegir una. Llevo tratando con ellas desde abril y son ya como pequeños retoños. Todas son distintas y tienen un matiz diferente. Algunas gustarán más por la temática, otras porque son más originales o por otras razones. Cada una tiene su punto. Además, muchas vienen premiadas de otros festivales. No son obras cualquiera.

Otra particularidad es que los artistas permanecen en Cabanillas durante todo el fin de semana.

Sí, les invitamos a quedarse todo el fin de semana y eso es muy importante para crear comunidad. Después de una función puedes encontrarte al actor tomando una caña en el bar del pueblo y preguntarle algo que no has entendido, contarle lo que te ha gustado o preguntarle por qué se le ocurrió determinada cosa. Al final los ves como si fueran un vecino más. Esa acogida a gente que no conoces de nada, que viene un fin de semana y después se marcha, es muy bonita.

¿Y qué les dirías a quienes todavía no han venido desde otros pueblos de la Ribera?

Estamos muy contentos porque en las últimas ediciones prácticamente la mitad del público viene de fuera. A quienes todavía no han venido les diría que se acerquen. Las obras son muy variadas, no tienen nada que ver unas con otras y son muy originales. Va a haber un ambiente excepcional y, encima, es gratuito. No sé qué más le puedes pedir a un fin de semana de septiembre antes de empezar a trabajar.

Raquel Paz, alcaldesa de Cabanillas: «Es un lujo tenerlo aquí, a pie de calle»

La alcaldesa de Cabanillas, Raquel Paz, comparte esa percepción de que El Gallinero ha dejado de ser únicamente un festival para convertirse en una cita propia del calendario cultural de la localidad.

«Para la vida cultural de Cabanillas es una fecha marcada en rojo cada dos años», asegura. Paz destaca especialmente la implicación de Noemí Rodríguez, «su pasión por el teatro y su intensidad» durante los preparativos, y considera «un lujo» que el municipio pueda disponer de una propuesta de teatro contemporáneo e innovador «a pie de calle».

También percibe una evolución en la respuesta del público. «Por junio o julio ya te preguntan “¿Este año toca Gallinero?”», explica, y después de siete ediciones, tanto organización como Ayuntamiento coinciden en que el primer fin de semana de septiembre es el fin de semana de El Gallinero.

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