Inicio Colaboradores Alfonso Verdoy Mens sana in corpore sano

Mens sana in corpore sano

Fue Juvenal, un escritor romano del siglo primero después de Cristo, quien acuñó este aforismo en uno de sus escritos. Su traducción es clara: hay que procurar tener la mente sana, o el alma, que viene a ser lo mismo, en un cuerpo sano. La salud del cuerpo, en este mundo en el que la medicina ha hecho progresos enormes, en el que los dietistas tienen cada vez más adeptos, y los deportes se están convirtiendo en una costumbre casi casi general, hay que decir que la mayoría de las personas, quien más quien menos, tiene como objetivo insoslayable la salud corporal.

Hoy es normal ver, a cualquier hora y en cualquier sitio, a jóvenes y mayores andando a buen paso, corriendo a pie o en bici, mientras que los gimnasios y polideportivos aumentan sus clientes a diario. Por otra parte, en este tiempo de pandemia, la mayoría nos protegemos con mascarillas y las vacunas para seguir conservando la salud, aunque hay excepciones que no se pueden entender.

Nuestra mente necesita descubrir la verdad, incluso luchar por ella si es necesario y después manifestarla

Otra cosa es procurar la salud de la mente o del alma. ¿En qué consiste? La respuesta es obvia: si al cuerpo hay que darle lo que es del cuerpo, al alma habrá que darle también lo que le pertenece. Y lo que le pertenece es simplemente, la verdad; la mente está en nosotros para que consigamos desentrañar la realidad que nos envuelve, necesita conseguir la verdad, luchar por ella si es necesario y después manifestarla. En consecuencia, si tenemos y defendemos la verdad habremos conseguido la salud del alma, con una secuela muy importante: habremos logrado el bien y desterrado el mal.
Estas dos cuestiones son fundamentales para nuestra salud del alma: la verdad y el bien, y en este orden. Porque si queremos primero el bien, puede que, desorientados por ambiguas máximas como la de que la verdadera caridad empieza por uno mismo, caigamos en el error de confundir lo que es bueno para nosotros con el bien en general, que es el verdadero, y en ese caso ya no tenemos la verdad. Por eso es mejor empezar por la verdad, porque lo que es verdadero es siempre bueno, quizá no en el momento pero sí a la larga y en un aspecto que no podíamos sospechar. Lo que pasa es que hoy, lo que priva es que cada uno consiga su particular bien, por lo cual nos solemos desentender de la verdad, porque ¿para qué la necesitamos si ya hemos conseguido por fin nuestro “bien-estar”, o sea, el bien del cuerpo? Así que andamos cojeando, bastante bien del cuerpo, y muy poco del alma, o a veces más bien nada.

Alfonso Verdoy

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