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Las colillas, un residuo tóxico que se arroja al suelo, por Julen Rekondo


El Congreso de Diputados aprobó hace casi dos años la Ley 7/ 2022, de 8 de abril, de residuos y suelos contaminados por una economía circular. La citada ley transponía todo una serie de regulaciones europeas sobre residuos.

La nueva ley ampliaba los residuos sometidos a la responsabilidad ampliada del productor (RAP), con productos como filtros de tabaco, así como toallitas húmedas, muebles y textil. Pero casi dos años después la Ley 7/2022 sigue sin desplegarse en no pocas cuestiones.
En lo que respecta a las colillas de cigarros, el Ministerio para la Transición Ecológica puso en marcha en mayo de 2023 un proceso de aportaciones a la propuesta de texto del Real Decreto de colillas. Nueve meses después de este proceso, todavía no se ha aprobado esta nueva regulación, lo cual indica cierta falta de voluntad para atajar este problema que tiene una serie de impactos ambientales y sanitarios, entre otros.

Según un artículo de Rezero -grupo de profesionales que trabajan para hacer realidad la sociedad Residuo Cero- publicado en la revista digital `Residuos profesional´, la misma propuesta de RD de colillas dejaba prever carencia de ambición y voluntad de cambio. El texto sometido a consulta pública, al que Rezero propuso una serie de enmiendas de mejora, era un texto focalizado en la limpieza de los espacios públicos. Se traducía en un plan de recogida (no selectiva) de colillas en el que, básicamente, quedaran definidos los lugares donde administraciones y operadores privados, como el sector horeca, deberían instalar ceniceros.

Según datos facilitados por Enrique Baquero, investigador del Instituto de Biodiversidad y Medioambiente (BIOMA) y profesor de la Universidad de Navarra en un articulo publicado también en `Residuos profesional´, “el efecto de 90 millones de cigarrillos al día solo en España no puede ser ignorado. Arrojadas al suelo, las colillas son arrastradas por las aguas de escorrentía y después de viajar por las alcantarillas, terminan en ríos y océanos”. En su opinión, “las colillas contienen numerosas sustancias tóxicas que quedan parcialmente retenidas en su filtro: nicotina, metales pesados, ácido cianhídrico, hidrocarburos aromáticos policíclicos….. Estos datos son lo suficientemente elocuentes como para preguntarnos cómo es posible que todavía se permita la venta de tabaco, que constituye la primera causa de muerte evitable en el mundo, además de las millonarias pérdidas económicas que se producen en el sistema sanitario para intentar contrarrestar las enfermedades producidas por su consumo”.

En lo que respecta al medio ambiente, Enrique Barquero, señala que “las colillas tardan en degradarse hasta 10 años y pueden llegar a contaminar 500 litros de agua. Dos tercios de las colillas que se arrojan al suelo en todo el mundo terminan en el mar. Puesto que las colillas contienen filtros de acetato de celulosa, un tipo de plástico que no es biodegradable, permanecen mucho tiempo en el medio ambiente, liberando lentamente los compuestos tóxicos que contienen y contribuyendo a la contaminación de los ecosistemas”.

Enrique Barquero se pregunta: ¿Y cuales son las razones por las que se arrojan al suelo? Su respuesta es que se debe “a la falta de conciencia del problema, la normalización social y la falta de remordimiento, todo reforzado por modelos cinematográficos. Algunos fumadores argumentan que en la mayoría de lugares no hay dónde depositarlas. Dada la importancia del tema, ninguna es una razón de peso”.

Actualmente, las colillas recogidas en las calles y demás espacios públicos acaban mayoritariamente en el contenedor de la fracción resto y posteriormente llegan al vertedero. Sin embargo, debido a su toxicidad, no debería ser así debido a que por su naturaleza química requieren de una gestión especial. Por otra parte, como otros productos puestos en el mercado, y siguiendo lo que dicta la economía circular, los productos susceptibles de transformarse en residuos son responsabilidad del productor (RAP).

En opinión de Enrique Barquero, existen soluciones muy sencillas, como la generalización de ceniceros portátiles (ya existen unas bolsas ignífugas y herméticas que evitarían que las colillas acaben en el suelo). En la ciudad de San Francisco (California), además de las campañas de educación pública (educación ambiental), se han instalado cientos de recipientes cilíndricos para la recogida selectiva de colillas que ha supuesto una reducción del 60% de este residuo en la basura convencional, y se ha impuesto una tasa especial al tabaco para recuperar los gastos que supone para la ciudad la limpieza de las colillas.

Por otra parte, las colillas, una vez recogidas de forma selectiva, pueden valorizarse mediante reciclado y ser utilizadas para otro uso. Otra alternativa para reducir el impacto de las colillas es eliminar los filtros de los cigarrillos, ya que diversos trabajos científicos, refrendados por la Organización Mundial de la Salud, han demostrado su poca eficacia para proteger la salud del fumador, siendo principalmente una herramienta de marketing que crea en el fumador una falsa sensación de seguridad. La alternativa sería la creación de filtros más eficientes cuya composición biodegradable reduciría su tremendo impacto a escala global.

Es absolutamente necesario impulsar campañas de educación a todos los niveles por parte de las instituciones, que propicien introducir cambios relativamente sencillos a nivel de la ciudadanía que permitan disfrutar de entornos bastante mejores y agradables, sin colillas, además de un nuevo RD de colillas, y que suponga reducir el considerable impacto que causan las colillas de tabaco cuando son arrojadas de manera incontrolada.

Julen Rekondo, experto en temas ambientales y Premio Nacional de Medio Ambiente