Todos los días y a todas las horas hablamos con alguien, y hasta en ocasiones con nosotros mismos, lo cual no debe preocuparnos, pues como dice Antonio Machado “quien habla solo espera hablar a Dios un día”, o algo parecido. Así que nuestro lenguaje es una cualidad excepcional que no solo se debe a que tengamos los órganos físicos pertinentes, sino sobre todo a que está en función de objetivos más elevados.
Pero no sólo hemos de considerar a dónde puede ir nuestra capacidad parlante, sino también de dónde viene. En principio creemos que hablar es poner un nombre a las personas y a sus cualidades, también a los animales, a las cosas y a nuestros sentimientos; hablar es simplemente nombrar algo, lo cual depende exclusivamente de nosotros.
Sin embargo, a poco que lo pensemos descubriremos que esta capacidad nos abre un ámbito que nos sobrepasa. Y ello se debe a que cuando digo cualquier palabra, “rojo” por ejemplo, la entiendo como un accidente de una sustancia que tiene ser, que está en este espacio y en este tiempo, y con la que mantengo unas determinadas relaciones de propiedad, afecto, cercanía etc. Entiendo ese vocablo porque se soporta en ese entramado subyacente que es el que le da sentido, pues si no entendiera previamente los significados de unidad, sustancia, cualidad, ser, relación, tiempo, espacio, etc., no lo podría entender.
Pero resulta que si nos proponemos definir dichos conceptos sucede que nos encontramos en un apuro, pues nos damos cuenta de que no somos capaces de dar una definición exacta. Y es más, si buscamos opiniones de gentes que se preocupan de estos asuntos, como son los filósofos o los grandes científicos, resulta que ellos tampoco pueden explicarlos de manera completa, y ni siquiera todos tienen la misma opinión. Nos pasa más o menos como a San Agustín, quien decía respecto al tiempo que “si no me lo preguntan sé lo que es, pero si me lo preguntan no lo sé”
Es sorprendente que, sin entenderlos del todo, los empleemos para comprender la realidad. Algo parecido nos pasa con el coche; lo sabemos utilizar, conocemos los nombres de las piezas pero no podemos ir más allá, y es que únicamente lo conoce quien lo ha fabricado. Así que quizá suceda la mismo con el lenguaje; que lo utilicemos pero que no seamos nosotros quienes lo producimos, sino que hay alguien o algo que lo pone a nuestra disposición para que nos movamos con seguridad en el mundo que nos rodea.