Cuando alguien ha sido dios, resulta muy difícil dejar de serlo. Ocurre con individuos que alguna vez estuvieron pegados con loctite a un sillón, fueron ascendidos al cielo de un pedestal o los procesionaron por calles y mercados en una peana, a hombros de fieles forofos alimentados por las generosas migajas de la divinidad que sustentan. Y, aunque los cuerpos de estos diosecillos acostumbran a vagar por yates y mansiones de ensueño, entre mariscos gallegos, chuletones de buey de Kobe, domperignones y otros delicados néctares y ambrosías, de vez en cuando aparecen entre los mortales para adoctrinarnos en su fe de conveniencias con el fin de mantenerse en el olimpo que los encumbró, mientras aspiran el humo de los adictos turiferarios, que aún conservan el incensario encendido con su brasita nunca extinta de carbón vegetal.
Regresan para salvarnos. Para redimirnos de nuestros pecados. Para recordarnos que la “fe ciega” (la auténtica fe, dicen) no precisa de la contaminación diabólica que conlleva la razón, y mucho menos se necesita introducir la mano en un costado alanceado. Y tenemos que estar agradecidos a estos salvadores, ya que nos hacen ser conscientes de nuestros crasos pecados, con el fin de retomar el camino marcado que nunca debimos perder, aventurándonos sin su permiso por los páramos de la Justicia social, de la lucha contra la corrupción  y de la crítica sin insultos.
Y regresan también para, amén de nuestra propia salvación, ofrecerse para salvar a la patria. Sí, la patria, ese lugar sagrado que los mesiánicos salvapatrias aspirantes a su particular divinidad olímpica diseñan con lápices de odio, babeles de odio y argumentos de odio, tanto para mantener una patria vieja como para inventarse una nueva.
Una vez conseguidos sus propósitos, regresarán sus cuerpos a sus yates y mansiones, a sus mariscos, chuletones, domperignones y otra delicatessen, mientras prestan sus almas a los apoderados  y testaferros, que viajan a Suiza, Panamá y otros paraísos para controlar lo recaudado en los humildes cepillos colocados en sus templos, en las generosas mordidas de sus contratos, en los estipendios de sus puertas giratorias y en los enigmáticos sobres y bolsas de basura ahítos de billetes de quinientos euros de procedencias varias.
En fin, queridos dioses salvapatrias, sé que nunca alcanzaré vuestra sublime divinidad. Confieso que soy un mortal pecador por no seguir vuestros divinos mandamientos, pero es que mi supina ignorancia no alcanza a comprender la altura de miras de vuestra excelsa conducta. Sólo os pido humildemente (si es que podéis, claro) que, aunque quede privado de vuestra  celestial visión, me dejéis en paz. En esa paz que me permite condenarme solo, en ese anhelado infierno donde, afortunadamente, no estaréis.