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Dimisión, por Pepe Alfaro


Es la palabra más repetida en los últimos días: dimisión. Atrás quedaron palabras como microplásticos, feminizar, polarización, fentanilo o amnistía, entre otras. En estos momentos, medio mundo pide la dimisión del otro medio mundo. Se piden dimisiones de presidentes, consejeros, papas, entrenadores de fútbol, alcaldes, obispos, concejales y de todo hijo de vecino que pase por ahí.

Nadie se libra de recibir la exigencia de dimisión. A no ser que haya por ahí algún paria despistado que no tenga responsabilidad alguna, lo cual es poco menos que imposible pues, quien más quien menos, todo individuo es responsable de algo y, por lo tanto, debe dimitir.

Y, como las peticiones de dimisión de quienes exigen dimisiones al bando enemigo, reciben parecidas exigencias de dimisión del bando contrario, tal vez la solución para arreglar tanto desaguisado sería que todas las personas que tienen alguna responsabilidad dimitiesen (permítaseme el juego de palabras) por responsabilidad. Sería bueno que así ocurriese, aunque fuese el único elemento de coincidencia entre mandatarios y opositores, ya que en estos momentos hay que ir siempre a la contra. Hay que votar en contra de cualquier propuesta, aunque eso nos perjudique. Es la nueva política.

Pero, al parecer, cuanto más se exige una dimisión, más se aferra el exigido a su puesto. Entonces no queda mejor cosa que judicializar el asunto, denunciando a todos los estamentos judiciales al no dimisionario para que sea la judicatura la que lo dimita. De esa manera se consigue, además, que trascurra el tiempo y, mientras esto ocurre, pueden surgir nuevas “razones” para seguir pidiendo dimisiones. Una especie de bucle sin fin o de pescadilla que se muerde la cola, impidiendo posibles soluciones a los temas que de verdad importan a la sufrida ciudadanía.

Pero eso sólo pasa en las democracias. En las dictaduras la cosa es mucho más sencilla. Ahí tenemos el ejemplo de Rusia. Se quitaron a los zares para convertirse en zares quienes los quitaron. Y quien pide la dimisión del nuevo zar es envenenado o, si hay suerte, tan sólo encarcelado sine die y sin juicio. Claro que, en el otro lado del mundo, también hay un aspirante a presidente, lo acabamos de ver, que amenaza con un “baño de sangre” si no sale elegido democráticamente. Curiosa manera de rizar el rizo, utilizando la Democracia dictatorialmente.

Tal como se está poniendo la cosa, la próxima palabra que sustituirá a “dimisión” será “apocalipsis”, que ya había quedado finalista en otras ocasiones. Pero, en este caso, ni siquiera llegará a reflejarse en los medios de comunicación, porque cuando se produzca, no habrá tiempo para un después.