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Cuando anochece

Cuentos de Navidad del colegio San Francisco Javier

Los compañeros y compañeras de 2º E

Cuando los senderos se sumergían en el frío invierno y el sol nos indicaba que un nuevo día lleno de nuevas oportunidades iba a comenzar, significaba que la Navidad estaba por llegar. Cuando el sombrío manto bañaba el campamento de oscuridad total, la abuela nos solía relatar sus hazañas y vivencias fuera de Uge; el campamento milenario donde vivíamos.

Nuestro hogar no carecía de bondad, todos nos ayudábamos en las labores más difíciles. A pesar de nuestras diferencias de edad, nos sabíamos coordinar para repartir las tareas diarias dictadas por la persona veterana del campamento, mi abuela. Ella era muy reservada, aunque siempre se preocupaba por los demás. Aunque su cabello ahora es grisáceo, cuentan los ancestros que ella solía ondear su dorada melena mientras galopaba por las majestuosas praderas junto al campamento.

El frío estaba acechando, por lo que lo único que cabía en la cabeza de cualquier ser, era aquella festividad que, a pesar de celebrarse en el mes más gélido, conseguía que el ambiente fuese cálido y acogedor. Los más pequeños estaban entusiasmados por pasar su primera Navidad, ya que desde que mi abuela pasó a ser la cabecilla de Uge, la Navidad se hizo invisible. Todas las tradiciones que pasaban de generación en generación, habían sido paralizadas, sin embargo, todos los vecinos seguíamos con la esperanza de poder recuperar nuestra Navidad.

El cielo aún no había clareado pese a que los primeros rayos de luz ya se apreciaban. Las ventanas estaban empapadas mientras que mis viejas botas pisoteaban la hierba húmeda. Cogí mi zurrón lleno de herramientas puntiagudas y gruesos libros, y puse rumbo al taller donde me esforzaba día a día.

A escasos pasos de llegar, observé a mi abuela abrumada por los niños que la rodeaban, su rostro miraba hacia el suelo, ella estaba pensativa, pero seguía caminando por mucho que le persiguiesen. Aceleré mi paso, pero esta vez me dirigí hacia mi abuela para intentar salvarla de aquella incómoda situación. Me acerqué extrañada y me enganché a su brazo. Su mirada seguía fija en el pavimento y su boca parecía estar sellada, como si algo le impidiese responder a las agobiantes preguntas de los niños que la rodeaban.

– ¿Qué haremos esta Navidad?¿Este año celebraremos la Navidad?, ¿Cuándo comenzaremos a decorar los senderos? – Repetían los niños sin parar.

Miré mi reloj para comprobar que no me retrasaba, y al ver que estaba a pocos minutos de llegar tarde al taller, desenganché el brazo del de mi abuela y me despedí de ella. Se me hacía imposible concentrarme en mi trabajo, lo único que hacía era recordar la cara entristecida de mi abuela al escuchar las preguntas. Tea, mi supervisora comprendió que estaba distraída así que me ordenó partir a casa y regresar al día siguiente con menos cosas sobre las que reflexionar.

Tiritando sobre las frías calles del campamento, me topé con un viejo amigo de la abuela, no era usual verle caminar al anciano, le costaba andar y debido a su edad, no le apetecía escuchar a los pájaros tan ruidosos que deambulaban por los bosques de alrededor sin parar de piar. Él, instantáneamente preguntó por mi abuela y casi sin pensar, le conté lo ocurrido recientemente. Describí a la perfección cada movimiento y cada gesto que ella hacía, no quería dejarme nada, por si acaso el me podía ayudar.

-Es normal que reaccionase así muchacha, cuando ella era joven, su padre y ella cultivaron un árbol por más de 15 años. Ellos querían que su árbol fuese el más alto del bosque para que cuando llegase el 25 de diciembre, su árbol fuese elegido para el Pino Santo, la celebración que como ya sabes trata de colgar un fragmento de esmeralda en la copa del árbol con más altura. Por desgracia, unos días antes de Navidad, un grupo de leñadores pasaron por el bosque. Tu bisabuelo y tu abuela fueron a visitar su pino y tuvieron la mala suerte de ver como esos innombrables talaban su árbol, el árbol que creció después de muchos años de dedicación. Entre sollozos y lágrimas ellos volvieron al campamento. Recuerdo salir del colegio y verlos sin ánimos ni entusiasmo, cosa que resultaba extraña porque ellos vivían por y para la Navidad, ellos hacían que todo el pueblo nos uniésemos hasta en los momentos más duros. A la mañana siguiente, había corrido la noticia de que tu bisabuelo estaba muy enfermo, es como si aquel árbol al ser talado, le hubiese arrancado su alma, como si él y el árbol tuviesen la misma vida. – dijo el hombre melancólico.

El viejo amigo de mi abuela me observaba con mirada entristecida, esperando a escuchar una respuesta salir de mi boca, pero me resultó imposible. ¿Con qué bando debería ir ahora? Estaba claro que yo no iba a elegir, la felicidad de mis vecinos era igual de importante que el bienestar de mi abuela, a pesar de que sentía una pena enorme por ella. Regresé a casa con las manos metidas en los cálidos bolsillos de mi cazadora mientras pensaba en algo que yo pudiese hacer. Todos mis amigos estaban trabajando por lo que no podía buscar ayuda.

Con la mirada fija en la chimenea, repasé lo que me dijo aquel hombre. ¿Si para la abuela era tan importante la Navidad, que podría hacer yo para recuperar su espíritu? Tenía una noche para preparar las mejores navidades así que me equipé para poner rumbo al bosque. El cielo comenzaba a oscurecer a medio camino, las sombras de los animales entre la vegetación me mantenían con los cinco sentidos. Al adentrarme en aquella inmensa frondosidad, perdí por completo la orientación, solo podía continuar para encontrar una solución. Los enormes árboles me tapaban la luz de la luna dejándome casi a ciegas de no ser por las numerosas luciérnagas que deambulaban por el terreno.
Me paré a descansar, ya casi llevaba una hora, cuando de repente me percaté de que, al lado de todos esos inmensos árboles, había uno sin ramas ni hojas, parecía haber sufrido un hachazo. Creía imposible que aquel árbol fuese el mismo que el de mi abuela, hasta que vi su inicial grabada en sus sobresalientes raíces. Lo observé detenidamente cuando la inspiración llamó a la puerta.

Cogí el árbol más esbelto y asegurándome de que no tenía dueño, lo agarré desde las raíces y pedí ayuda para transportarlo. Con el árbol sobre ruedas volví a Uge con el cielo cubierto de estrellas. Me detuve en la plaza, y en la explanada de césped que había en mitad de ella, trasplanté aquel gran árbol con hojas de esperanza y raíces fuertes. Los senderos estaban muy silenciosos a pesar de que era 24 de diciembre.
Alua, mi amiga desde los ocho años, marchaba del trabajo cuando me encontró colocando el pino. Se reía de mi mientras se acercaba poco a poco. Le devolví la carcajada desde la distancia y en cuanto estaba a mi lado me ofreció colocar unas luces alrededor del enorme árbol. Desde sus balcones, los vecinos nos compartían sus ánimos e incluso algunos nos sugerían poner música. El campamento entero se unió allí, en la pequeña plaza.

La silueta de una anciana apareció a lo lejos. Todo el pueblo se quedó boquiabierto cuando admiraron a mi abuela dar pequeños pasos con una gran sonrisa. Sus ojos estaban puestos en el verde árbol cuando uno de los niños le tendió la mano y la trajo corriendo para colocar la esmeralda que había pulido uno de los mejores herreros. Mi abuela me miró orgullosa y yo hipnotizada en su sonrisa, me recordaba a mí misma que había salvado la Navidad. Con la escalera en la mano, la coloqué, e inesperadamente la abuela me cogió del brazo y me invitó a colgar la reluciente esmeralda junto a ella. Colocamos el precioso mineral y aún, en la copa del árbol, mi abuela me abrazó.

Los vecinos comenzaron a traer dulces y comida tradicional y sin planearlo, montamos la fiesta de Navidad. La plaza había acogido a todo un campamento, y aunque estaba a cielo descubierto, se podía percibir el intenso olor a galletas de canela, velas perfumadas con vainilla y el exquisito aroma a chocolate. En mitad de la celebración, mi abuela me llamó. Me aproximé con una sonrisa y cuando por fin llegué, mi abuela levantó la copa y brindó por el regreso de la Navidad al campamento de Uge…

Alba Pérez Herce 2ºESO E

La bola de cristal

En la casa de María, la Navidad es la festividad más importante y todos los miembros de su familia se la toman muy en serio, claro, todos menos María. Ella cree que eso de la Navidad es solo un cuento chino para aumentar las ventas, o como dice ella: ¡puro marketing! Si fuera por ella, en su casa no se pondría ni una decoración ni media, ¡ni si quiera el árbol! Pero con eso su madre es muy estricta, siempre que oye a María resoplar o quejarse, o incluso poner una mala cara, le amenaza con quedarse sin polvorones, y por supuesto que quedarse sin ellos es de los peores castigos que puede tener, porque es lo único que le gusta de la Navidad.

A pesar de que María odia la Navidad, (por si hacía falta repetirlo) ella sí que guardaba un objeto para conmemorarla: una preciosa bola de cristal con un decorado invernal. Cuando recibió esta bola de su abuelo por primera vez le pareció una horterada, pero ahora que él ya no está le guarda mucho aprecio, y la tiene siempre en su mesilla, en todas las épocas del año, da igual si es primavera o verano, siempre duerme con ella. Su abuelo también le contaba muchas historias sobre ella: él le decía que tenía poderes y que contenía el espíritu navideño. Obviamente a pesar de tenerle mucho aprecio y de querer mucho a su abuelo ella nunca creyó en esa “tontería”.

Estas navidades la familia de María iba muy atrasada con las decoraciones, no les iba a dar tiempo a terminar con todas las decoraciones: el árbol, las guirnaldas, las luces… ¡Era demasiado en muy poco tiempo! No se iban a rendir tan rápidamente, pero el ánimo era mínimo, casi nulo. A pesar de que María odiara la Navidad, ver a su familia así le producía un malestar en el estómago. Otra cosa que le gustaba de la Navidad era ver a toda su familia con una sonrisa en su cara, pero esta época del año estaba convirtiéndose en un horror.

Esa misma noche María miró a su bola de Navidad, estaba distinta, había perdido su brillo, ella cerró los ojos muy fuerte y dijo en un pequeño susurro: -que la Navidad vuelva a ser como cuando estaba el abuelo-, y se durmió. Cuando María despertó no podía creer lo que veía toda la casa estaba preciosa y completamente decorada. La familia entera de María tenía una sonrisa de oreja a oreja. María no quería creer en que había sido coda de magia, del espíritu navideño, pero ¿Qué va a ser si no?

Pablo Fernández Moreno 1ºESO C

Un significado olvidado

Érase una vez un chico llamado Santiago, el cual, en este preciso momento, está de intercambio escolar en el extranjero en una casa de acogida con una familia muy agradable.

La familia la componen la madre, el padre y dos hijos: un niño de unos 12 años y una niña de 8 años. Los padres son muy simpáticos y cariñosos. Santiago se sentía muy a gusto con ellos, le hacían sentirse como en su casa. Un día, a la hora de la comida, preguntó con interés a qué se dedicaban, la madre le contestó con una sonrisa, que ella trabajaba como secretaria en una de las empresas de la zona y el padre era profesor en el instituto al que acudía su hijo. Era profesor de Física y Química. ¡Qué coincidencia!, Santiago quería ser Físico. Por esta razón y otras muchas le encantaba esta familia, la sentía como su segunda familia.

La casa de la familia era grande, pero a la vez acogedora no sólo por la decoración sino también por la calidez que sentía cuando estaba con ellos. Esos días, el hogar estaba decorado de Navidad. Esto no le sorprendió porque solo faltaban cuatro días para celebrar la Noche Buena. Todo estaba preparado para el 24 de diciembre: árbol, luces, Belén y el ambiente de la casa. A Santiago le sorprendió que hubiera Belén porque pensaba que era una tradición solo de España y que en el resto de los países no lo ponían.

Al día siguiente de llegar a esa casa, Santiago sacó las cosas de la maleta: su ropa, algunos libros y los dulces que quería regalar a la familia. Eran unos dulces típicos de España, había pensado que fuera una sorpresa y por lo tanto no podía dejarlos en la mesa tal cual. Los tenía que esconder porque si no los descubrirían. Así que decidió ocultarlos en el armario de su nueva habitación.

Cuando llegó el 25 de diciembre toda la familia de la madre llegó a la casa.
Pero Santiago se sorprendió y no entendía por qué no traían regalos para los niños. Cuando la cena iba a empezar Santiago les dijo que tenía que ir al baño, pero en realidad era una excusa para coger, sin que se enteraran, los dulces. Así que abrió el armario y fue al salón para hacer la entrega del regalo delante de toda la familia.
La madre le agradeció este detalle, pero le hizo una señal para que se sentará, algo le tenía que contar: “El verdadero significado de la Navidad o, como suele decirse, el espíritu navideño no es esperar ese juguete u otro regalo que deseas. Para nosotros, el significado es compartir con la familia y disfrutar recordando esos preciosos momentos que crean la vida de todos nosotros”.

Santiago en ese momento se giró para mirar a la familia completa: abuelos, tíos, primos, … todos estaban allí, y afirmaban con la cabeza las sabias palabras que la madre acababa de mencionar. La cena prosiguió con normalidad; con algunas risas y bromas de la familia.
Tras las Navidades, Santiago tenía que volver a España y al despedirse de la familia les agradeció su amabilidad. Antes de marcharse se acercó a la madre y tras un abrazo le dio las gracias por haberle enseñado el verdadero significado de la Navidad. Esto que en algunos países se ha nublado por las ganas de recibir cosas materiales: como juguetes, tecnología, ropa, … En realidad, el mejor regalo que se puede desear es tener una familia unida como la suya y la que conoció en aquel intercambio escolar.

Unai Carasusán Villafranca 2ºESO A